TEXTOS MÍSTICOS MARIOLÓGICOS

MARÍA TERESA PETYT, T.O.C.

[Hazebrouck, 1.1.1623 - Malines (Belgique), 1.11. 1677]


 

María Petyt nació en Hazebrouck (hoy en Francia, pero entonces en la Flandes) el 1 de enero de 1623, en un ambiente burgués, de comerciantes ricos.  A los 16 años muda para Rijsel y va en peregrinación a un santuario mariano, "para impetrar la belleza y el don de agradar" mundanos. Pero en esta peregrinación Dios tocó profundamente su corazón con su gracia y desde entonces empezó a llevar vida retirada en su propia casa, estudiando su vocación. Regresa a Hazebrouck y más o menos en 1642 entra en el noviciado de las Canónicas Regulares de S. Agustín, a Gent (Ghent), que deja porque tiene dificultad de leer y cantar el oficio. Se queda a Gent, entrando en relación con los Carmelitas, cuya Iglesia frecuenta. Conoce el Fr. Gabriel de la Anunciación y el año siguiente profesa en la Orden Tercera del Carmen (T.O.C.) con el nombre de María de S. Teresa. Empieza a vivir entonces con otra hermana y la madre de ésta en una casita de Gent, donde siguen juntas un reglamento de vida redactado por el confesor.

 

En 1647 el padre Gabriel es transferido para Alemania y ella encuentra Fr. Miguel de San Agustín, que desde entonces nunca más dejó de ser su director espiritual. Seis meses después Fr. Miguel es transferido para Malines, continuando todavía a dirigirla por correspondencia epistolar, gracias a la cual podemos hoy conocer un poco más de su vida y experiencia mística.

 

En 1657 Fr. Miguel compra en Malines una pequeña casa junto al Convento de los Carmelitas, adonde ella pasa a vivir con otras dos compañeras en una estricta reclusión y austeridad según una regla compuesta del propio Fr. Miguel y aprobada del Padre General Antonio Filippini. Por eso la casa se llamará "La Ermita".

 

Aquí muere el 1º de noviembre de 1677, como ella misma había predicho.

 

Escritos: además de las cartas al P. Miguel, escribió su autobiografía, publicada por su director espiritual en 1683 (= primero tomo de Het Leven van de Weerdighe Moeder Maria [...] Petyt), entretanto editada hace 25 años: Het Leven van Maria Petyt [1623-1677] (haar autobiografie) (= Klassiek Letterkundig Pantheon 214). Ed. p. J.R.A. Merlier. Zutphen: W.J. Thieme & Cie 1976. 248 p. ISBN 90 03 21890 0.

 


 

 

TEXTOS SOBRE LA UNIÓN MÍSTICA CON MARÍA

[1657-1677]

 


Extractos de sus cartas a Miguel de S. Agustín, publicadas por éste en:

Michaël a Sancto Augustino, Het Leven van de Weerdighe Moeder Maria a Sancta Teresia (alias) Petyt.
4 tomos en 2 vols. Ghendt: Hoirs van Jan van den Kerchove 1683-1684.

 

[en romano se indica la parte, seguida del capítulo y respectivas páginas en esta obra, organizada no cronológica, pero temáticamente]

 

*Existe una traducción anónima en castellano, reeditada por Rafaél López-Melús, O. Carm.:
Vida de unión con María. Onda (Castellón): AMACAR - Apostolado mariano-carmelita 1999

 


Índice

CAPÍTULO PRIMERO

INTRODUCCIÓN A LA VIDA MARIANA

 

1. La Santísima Virgen la invita a comulgar diciéndole que Jesús lo desea
[II, c. 186, p. 305-306]

 

La amorosa Madre [original: Minnelijcke Moeder] se me ha aparecido una vez y, como me miraba afectuosa y sonriente, le he preguntado qué es lo que le gustaría que hiciese: si debía continuar escribiendo algunas líneas, conforme a la obediencia o, mejor, ir a la iglesia, según mi costumbre.

 

Ella se ha dignado contestarme: Ve, date prisa en recibir a mi Hijo. Caí a sus plantas, el rostro hacia tierra, suplicándole me diera su bendición maternal. Entonces, llena de respeto, de reverencia y de amor, le he oído decir todavía: Mi Hijo desea venir a ti y descansar en tu corazón.

 

Durante la preparación de la santa comunión, esta dulce Madre [orig.: soete Moeder] ha estado presente en mi espíritu. Llevaba a su amoroso Hijito [orig.: minnelijck Kindeken] en el brazo izquierdo. Pero, después de algún tiempo, ha colocado el Niño de pie sobre sus rodillas dirigiendo su rostro hacia mí. Y él me sonreía tendiéndome los brazos con gesto de afecto.

 

Cuando hube comulgado, no he vuelto a sentir la presencia de la amorosa Madre en mí. Tan sólo el dulce Niño Jesús [orig.: lieffelijck Kindeken Jesus] estaba en lo más íntimo de mi corazón, en donde yo le acogía llena de afecto, con caricias y protestas amorosas.

 


 

2. Cómo honra y pide a la Santísima Virgen, en Dios
[II, c. 187, p. 307]

 

En relación con el amor y otras operaciones, conocimientos divinos, luces sobre las verdades reveladas, movimientos de orden sobrenatural, todo esto me parece sacado y como fundido en la unicidad del Uno divino - aunque todo ello brotase, a veces, con superabundancia en el alma. Pero este brote no la hace salir de la unidad, porque en todo eso ve ella, conoce y gusta la sola Unicidad divina, de una manera misteriosa y excelente. La fuerza y la luz de Dios, solas, ayudan al alma y la elevan hasta ella.

 

Lo mismo que en un espejo, en el Uno divino veo, honro, amo y ruego a nuestra muy amorosa Madre. La veo allí formando unidad con este espejo divino, con el Ser inexpresable. Así, desde que me arrodillo ante una de sus estatuas y le pido algo por lo que me siento interiormente atraída - el bien de las almas, las necesidades de la Patria, o cualquier otra cosa - pronto su imagen se hace patente en este espejo interior, en donde está contenida con las demás criaturas. Otras veces me parece que penetra, de alguna manera, la imagen exterior, sin advertir en ella nada de corporal, y la veo totalmente contenida en el secreto del espíritu. Lo escribe en 1657.

 


 

3. Durante el oficio, la Santísima Virgen se le aparece y obra con ella de manera muy maternal.
Ella elige a la Virgen como Madre de su familia religiosa
[II, c. 194, p. 314-315]

 

El día 4 de febrero de 1659, si mal no me acuerdo, durante el Oficio, he gozado en espíritu de una visita muy agradable y consoladora de nuestra amorosa Madre.

 

Era como la acogida muy afectuosa de una dulce y buena madre, y sus tiernas caricias.

 

Desde entonces experimento, lo mismo que por una madre, un amor muy tierno, dulce y, sin embargo, lleno de respeto. Esta dulce inclinación se dirige hacia ella de una manera muy espiritual y real. Parece más bien infusa y pasivamente recibida que elaborada por mi propio trabajo.

 

Me siento invitada a establecer a María como Madre general de esta casa. Y todas las hijas que me sean confiadas, y que vendrán aquí, las colocaré en su regazo, a fin de que se alimenten en su seno de este divino espíritu de humildad, de soledad, de mortificación, de pureza y desasimiento de las que ella posee la plenitud.

 

Me siento, igualmente, inclinada a consagrarle este lugar donde empieza nuestro nuevo género de vida y colocarle bajo su advocación. Por otra parte, me parece que tal cosa le place y que acepta de buen grado este cargo de Madre y gobernadora de esta feliz familia.

 

¡Oh dulce y muy amorosa Madre, cuán grandes son la inclinación y la confianza que vuestro amor ha sabido inculcar en mí!

 

Ved: la actividad del Espíritu parece ser ahora de tal suerte que el espíritu no puede ya pedir nada eficazmente al Bien-Amado, nada esperar de Él, si no es por la mediación y por la intercesión de la dulcísima Madre. Es lo que yo he visto durante la oración, mientras me sentía impulsada a rogar por un joven monje que, tentado por el Enemigo, había abandonado el convento con la intención de dejar la vida religiosa. He creído verle en espíritu, y era nuestra amorosa Madre quien le conducía al convento.

 


 

4. La Santísima Virgen se le aparece, le muestra el camino de una mayor pureza y la consuela
[I, c. 134, p. 170-171]

 

Todavía me acuerdo de lo que olvidé de anotar al hablar de este precedente estado de abandono, en el curso del cual ocurrió lo siguiente:

 

Una noche [1662], mientras yo dormía, nuestra amorosa Madre se acercó a nosotros. Llevaba el Niño Jesús en el brazo izquierdo. El Niño y la Madre me miraban amorosamente y sonriendo. Me dirigían palabras llenas de amistad y consuelo; pero yo no me acuerdo con claridad lo que me decían. Sé, sin embargo, que la amorosa Madre me dio algunos consejos relativos a una pureza más perfecta, un despojo más completo, una muerte a toda criatura. Otras palabras todavía servían para consolarme, para fortificarme.

 

Y me dije entonces: «No es posible que esto sea una ilusión; yo no sueño ahora. Es necesario que tome nota de todo esto a fin de satisfacer a la obediencia».

 

Después quise no detenerme más en ello y considerar estas cosas como un sueño corriente. Pero el recuerdo permaneció mucho más vivo que de costumbre. Me acontece muy a menudo soñar cosas buenas sin que esté entonces impulsada a consignarías como lo estoy ahora.

 


 

5. La Santísima Virgen se le aparece durante el oficio
[I, c. 141, p. 178s]

 

En la vigilia de Pentecostés [12.5.1663], por la mañana, durante la recitación del Oficio, he creído ver en espíritu a nuestra amorosa Madre. Estaba presente entre nosotras y parecía escuchar nuestra recitación con una alegría particular, con gozo y complacencia. Se me antojaba así, por que su mirada, que se fijaba en nosotras, estaba llena de amistad y sonriente, sobre todo cuando llegábamos a las antífonas, a los versículos y a las oraciones que están especialmente destinadas a cantar sus alabanzas y perfecciones.

 

Esta presencia causaba un sentimiento de reverencia hacia su Majestad, y al mismo tiempo un amor muy tierno y respetuoso. Al verla así, el espíritu rebosaba de excesiva alegría y de gozo. Y yo dije: "Dulce Madre, puesto que vuestra Majestad parece complacerse en esta alabanza que elevamos aquí hacia vos, ¿por qué no ha de suscitar en mayor número almas que os servirían de esta misma manera y cantarían vuestras alabanzas con toda pureza de corazón?"

 

Y he creído sentir la esperanza de que vendrían pronto algunas de estas almas. Sin embargo, no tuve una total certeza de ello.

 


 

6. Le enseña a conformarse en el ejemplo de Jesús y de María
en las cosas en que la naturaleza encuentra cierta complacencia
[I, c. 232, p. 281]

 

El alma experimenta a veces que el espíritu comienza a estabilizarse en una cierta elevación y empieza a vivir en Dios, en abstracción de todas las cosas creadas. Pero, a veces también, le muestra cómo el alma fiel debe comportarse en las situaciones que complacen y alegran al mismo tiempo a la naturaleza, o que son agradables a la sensibilidad - naturalmente, cuando la necesidad o las conveniencias, o la discreción la fuerzan a usar de estas cosas . Es preciso entonces usar de prudencia y tener gran cuidado de elevar estas cosas hasta el espíritu, apartándose inmediatamente y desgajándose de todo vinculo de afecto, empleándolo en Dios.

 

Esto se aplica a todo lo que puede agradar de alguna manera al gusto, a la vista, al oído y al olfato. ¡Ah!, si el alma que busca a Dios con toda su pureza, el alma que quiere a Dios, pudiera darse cuenta aquí de cómo la amorosa Madre y el Niño Jesús se han comportado en estas circunstancias! Cuando fue necesario se sirvieron de alimentos corporales. Estaban en las bodas de Caná en Galilea, sin que se siguiese el menor inconveniente para el espíritu. La amorosa Madre mostraba a su Hijo un afecto tierno y maternal: le acariciaba, le besaba, le tomaba en sus brazos; y el Niño Jesús actuaba de igual manera, conforme a su naturaleza de niño, tomando la leche de su madre, dejándose acunar y mimar en sus brazos. Era, de ese modo, un niñito inocente, aunque fuese la sabiduría del Padre. ¡Ah, quién nos diera usar siempre de las criaturas a ejemplo suyo únicamente en espíritu y en Dios!

 


 

7. La Santísima Virgen se aparece con el Niño Jesús
[II, c. 190, p. 310]

 

En la Candelaria [2 de febrero] de 1666, después de la Comunión, estando muy elevada en espíritu y recogida en una gran separación de mi propio yo y de todas las criaturas, he saboreado todavía una aparición de la amorosa Madre, llevando el Niño Jesús.

 

Parecía confiármelo a fin de que yo lo sujetase y que reposase entre mis brazos. Yo lo besaba muy tiernamente y Él mismo me sonreía, me acariciaba, me mimaba como hacen los niñitos inocentes en los brazos de su madre.

 

Durante algún rato, también, he posado mi frente sobre las rodillas de esta dulcísima Madre, que se me aparecía en una inexpresable majestad y bellísima. Me volvía hacia ella y la contemplaba con un grande y respetuoso amor, en el que no se mezclaba nada de sentimental. Porque eso pasaba de una manera muy abstracta, en el espíritu. Es verdad que, al reposar sobre sus rodillas, he sentido fuertemente algunos sentimientos de infantil e inocente mimo, como el de un niñito hacia su madre.

 


 

8. La Santísima Virgen se vuelve a mostrar llena de majestad y amor
y la certifica que su presencia es verdadera
[II, c. 190, p.310-311]

 

El 13 de febrero [1666], momentos después de la comunión, en tanto que me mantenía en un gran silencio interior, la amorosa Madre se me apareció súbitamente, no sé cómo. Se hacía presente en el secreto del espíritu. Yo tenía una percepción muy cierta y muy viva de su presencia.

 

Esta aparición y esta contemplación se habían producido bruscamente, sin que hubiese pensado en ello antes, ni hubiese imaginado nada semejante. Sin que uno se dé cuenta y sin hacer nada, el espíritu parece que es arrancado de la profundidad, del silencio, de la sencillez, y se encuentra colocado en una elevación que no es ni menos silenciosa ni menos sencilla.

 

Él primer estado es un íntimo reposo en Dios; el otro, una contemplación elevada a manera de arrobamiento o atención absorbente. Él tiempo pasa entonces sin que uno se dé cuenta de ello. Se me olvida incluso volver a casa. Ya no tengo noción ni del tiempo ni del lugar; y cuando vuelvo un poco en mí, sufro al tenerme que marchar. No tengo entonces más que un solo deseo: poder permanecer así.

 

Al mismo tiempo, he visto claramente no ser esto imaginación, lo mismo que la aparición de la Candelaria. ¡Pero qué feas me parecen ahora todas las imágenes, todas las pinturas que representan a la amorosa Madre! Provocan más bien la náusea que la dévoción; sobre todo cuando el recuerdo de la maravillosa belleza y de la majestad, cuya representación permanece en mi memoria, está todavía fresco en mi.

 


 

9. Un tierno amor la empuja hacia Jesús y María. Esta parece adoptarla como a su hija y le enseña
el camino de la perfección. Todas las potencias deben estar ocupadas únicamente en objetos
deiformes, estando las inferiores sometidas a las superiores y éstas a Dios
[II, c. 191, p. 311]

 

Es un amor extremadamente tierno el que yo experimento por Jesús y su querida Madrecita, que es también la mía. Esta clase de amor me da una gran familiaridad y confianza con Jesús, mi Amado. Estoy con igual que una esposa llena de ternura y afecto. Lo que él me atestigua, a su vez, parece también lleno de afecto.

 

Lo mismo sucede con mi amorosa Madre. Parece haberme adoptado como a su hija. Me instruye en la perfección y pureza de espíritu, a fin de que así me haga más agradable a Jesús. Me conduce al amor de Jesús y a su amoroso trato.

 

Cualquiera que sea el objeto, mis potencias interiores no parecen tener operación más que en la medida que el acto pueda exigirlo, sin más; estoy iluminada por la indicación del querer divino o por la conducta del espíritu. Este estado es el fruto de la grande, o mejor, de la total sumisión, de la parte inferior a la superior, y de ésta a Dios. A juzgar por lo que experimento, Dios ha tomado posesión de todo el hombre, moviéndole, conduciéndole, poseyéndole. Nos guarda de toda corrupción de la naturaleza en tanto que permanezcamos fieles en responder a las mociones interiores y a los movimientos. Lo cual me es tan fácil como abrir y cerrar los ojos.

 


 

10. Recuerdo muy tierno de Jesús y de María. Reposa ante los brazos de Jesús y sobre las rodillas de la Santísima Virgen. Su amor hacia san José. En todas las cosas conserva la humildad
[II, c. 192, p. 312]

 

Experimento una dulzura real, una satisfacción del espíritu y de la naturaleza al pronunciar con los labios o simplemente con el corazón los santos nombres de Jesús y de María. A menudo les repito:

 

«Jesús, Jesús, mi Amado, mi sólo Amado; Jesús, Jesús, mi Vida y mi Todo; María, María, dulce María, mi muy querida Madrecita».

 

Me parece que estos dulcísimos nombres están casi constantemente en mí, en mi corazón. No puedo saturarme de estar llena de ellos, de unirme a ellos, de nombrarles con un dulcísimo sentimiento de amor ingenuo y lleno de respeto.

 

Sin embargo, el hecho no se acompaña siempre de palabras tan netamente definidas. Llego a no decirlas más que a la mitad; y entonces, el espíritu disfruta como un sueño de amor en los brazos de Jesús o sobre las rodillas de María. Eso ocurre en la solitaria profundidad del espíritu, habitualmente con suspensión sensorial.

 

Mi muy querida Madrecita no parece satisfecha de atraerme tan sólo a su perpetuo amor, y al amor muy puro, muy tierno y muy fiel de Jesús. No le basta adoptarme como a hija suya. Parece desear, además, que ame a su muy querido esposo, San José. En efecto, me imprime este amor en el corazón, aun que nuestro amor y la propensión de nuestra alma tienen por objeto a estas tres personas, dentro, sin embargo, de una sencillez de mirada y en la unidad del espíritu. Están sin cesar las tres reunidas en nuestro corazón, en nuestro amor.

 

A pesar de todos estos favores, me siento interiormente conducida a una profunda humildad, a un anonadamiento en mí de todas las cosas. No debo apoyarme sobre nada, no representarme nada, no acoger para complacerme ningún don, gracia, favor del bien Amado, de la amorosa Madre o del amante Padre. Debo dejar todo eso sólo a Dios, como si nada se me hubiese dado; a fin de permanecer de esta manera toda anulada en la desnudez de mi nada.

 


 

11. Experimenta una inclinación interior sabrosa de los nombres de Jesús y de María.
Se le enseña a amar a Jesús, María, José, y a conversar en espíritu con ellos
[II, c. 193, p. 313-314]

 

Los muy santos nombres de Jesús y de María son más dulces que la miel a mi paladar. Son tan dulces, suaves y deleitables, que me parece gustar el sabor en mis labios. Su simple recuerdo, la reflexión que se hace sobre ellos, o su repetición mental, son como pequeñas llamas sutiles que penetran y atraviesan el corazón, para herirle de amor suavemente.

 

No llego a esta devoción tierna por mi propia virtud o a consecuencia de una dispersión del espíritu. Es el Espíritu divino quien me conduce allí y me dispone, dulce y simplemente, en lo más secreto del corazón.

 

Aprendo a recoger cada vez mejor todas estas cosas en mi espíritu, sin intervención de las potencias sensibles - o casi sin ella. Lo mismo sucede con esta propensión, estos rebrotes de amor hacia Jesús, María y José. Esto se hace mucho más patente dentro del espíritu, y más claro, más despojado, más elevado, con menos enternecimiento y sabor natural. Tengo que suprimir aún más estas últimas cosas. Contemplo a Jesús, María y José, y gusto de su presencia en el espíritu, unidos a la eternidad del Ser divino del que están sobresaturadas.

 

Ahora, los tres se presentan a mi vista siempre reunidos; sin que esta introduzca el menor intermediario en la contemplación del Ser divino sin imagen. Porque les cubre éste con su sombra y les llena. Parecen de alguna manera llenos de Él y se muestran como tales; de forma que me es imposible considerarles o elevar hacia ellos mi amor, perdiendo un solo instante el recuerdo y la presencia del Ser divino. En ellos no veo y no amo nada más que a Dios solo y lo que es divino. Su representación no parece impedirme permanecer en Dios. No quita nada a la sencillez del espíritu.

 

Llego así a comprender cómo los santos del cielo pueden considerarse entre sí y amarse en Dios, sin impedimento por la visión beatífica, ni por la alegría y el amor. Experimento que sucede lo mismo aquí.

 


 

12. Recibe luces en relación con la Encarnación de Cristo.
La Santísima Virgen la visita y la adopta como hija suya
[II, c.73, p. 123-124]

 

El año de 1668, el día de la vigilia de la Anunciación [24 de marzo], me fue impresa en el espíritu una luz en relación con la excelencia maravillosa del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en la santísima carne de una Virgen.

 

Vi cómo la amorosa Madre fue envuelta en una claridad divina inexpresable, en una luz, en una gloria, en una alegría y en un gozo. Me comunicó algo del ardor de su amor y de la alegría que invadió a su santa alma cuando fue concebida en ella el eterno Verbo.

 

Me fueron mostradas la excelencia y la maravilla de este misterio, sin que me fuese posible, sin embargo, expresar nada de ello.

 

Mi espíritu estaba como atraído a una cierta elevación. La contemplación de este misterio estaba hecha de un increíble sentimiento de admiración, respeto y adoración. Estaba totalmente situada en la unicidad de Dios.

 

Nunca había penetrado ni entendido tan claramente este misterio. De él se siguió en mí un ardor nuevo de amor, de admiración y de respeto hacia mi adorada Madre, al ver cuánto la había Dios estimado y elevado. La Majestad divina, sin limites, la ha amado hasta el punto de dignarse reposar en su carne y tomar allí la naturaleza humana.

 

Y, sin embargo, la vista de su excelencia, de su elevación, de su Majestad, no me espanta ni detiene. Me atrevo a volverme hacia ella con ternura y sencillez infantiles. La amo como un niño ama a su amorosa Madre; le digo palabras de niño y reposo sobre sus rodillas. Me autoriza ella y me da confianza haciéndome comprender y sentir que se ha dignado adoptarme como a su hijo. ¡Qué felicidad y qué alegría! ¿Qué podrá ahora sucederme de malo?

 

En el curso de esta oración, la amorosa Madre parecía revelarse en mi espíritu, llevando el Niño Jesús sobre los brazos. Era de una incomparable belleza, buena y amable. Parecía pedir a su Hijo que quisiese bendecirme, a mí, su indigna esposa. Él Niño me ha dado esta bendición sonriéndome dulcemente.

 

Desde este momento, mi corazón está repleto del más tierno amor hacia la dulcísima Madre y su dulcísimo Hijo. Constantemente me siento atraída a reposar inocentemente, como un niño que se cae de sueño, y a dormirme entre sus brazos.

 

Pero ¡cuán dulce es su nombre: María!

 


 

13. Ve a la Santísima Virgen llevando al Niño Jesús.
Buenas afecciones y otros efectos de esta visión
[II, c. 195, p. 315-316]

 

El 22 de abril de 1668, la amorosa Madre se me ha aparecido en el curso de la oración. Llevaba el Niño Jesús sobre el brazo.

 

Me di cuenta en esta visión que, en un instante, todo mi ser había cambiado, exaltado todo en Dios, todo ardiente y abrasado de amor hacia Dios y la amorosa Madre. Quedé toda envuelta por una luz y un resplandor inusitados.

 

Cuando esta visión acabó, quedé muy dispuesta al amor de unión y de fusión en el Ser divino sin imagen, en gran sencillez y soledad de espíritu; mientras que con anterioridad a esta visión estaba más bien en sequedad y un poco distraída en el sentido. En un solo instante había sentido a mi alma como rodeada y ocupada por su Bien-Amado sin imagen. Un tierno amor me había herido, y yo me sentía dulcemente impulsada a todas las virtudes.

 

Todo el tiempo que dura y permanece la presencia de la amorosa Madre, percibo en mí un excepcional candor infantil. Los amorosos encantos, las exclamaciones, los movimientos de afecto filial están en aquel entonces llenos de dulzura, de amor, de inocente ternura, pero también de respeto profundo y de entera confianza en ella para todo lo que deseo y pido, tanto para mí corno para los demás. Igualmente todo lo que entonces le pedía o suplicaba parecía dar a ello su aprobación. Me lo manifiesta por alguna señal o percepción interior.

 

Sólo con contemplarla me siento instruida y estimulada a proseguir una pureza cada vez más perfecta y una más entera sencillez de espíritu, así como una ciencia más clara de lo que debo hacer u omitir en tales o cuales circunstancias, a fin de realizar mejor su voluntad y la de mi Bien-Amado.

 

Adquiero, asimismo, una total certeza sobre varias cosas, que no puedo especificar hoy exactamente. Pero lo que es cierto es que entonces percibo y experimento la sensación de estar trabajada por un buen espíritu, lo cual da a mi alma una grandísima y profunda paz.

 

Esta revelación de la amorosa Madre debió de durar como un cuarto de hora. Cuando ha pasado, no deja ningún deseo, ninguna impaciencia de recibir más a menudo esta clase de gracias, ni de gozar de ellas más largo tiempo. El alma está saciada y enteramente satisfecha en su sueño de amor en el soberano Bien.

 


 

14. La Santísima Virgen y san José le enseñan una grandísima pureza. El amor y el sentimiento
de la presencia de la Virgen y de san José disminuyen a consecuencia de algunas faltas.
De cómo ella falta a su obediencia volviendo a tomar su propia libertad
[II, c. 245, p. 374-375]

 

La pureza interior que ellos me enseñan es tan excepcionalmente grande que me es imposible expresarla. Pero cuando me conformo exactamente a lo que ellos me muestran, toda mi alma viene a ser como un puro espejo, un cristal que, cada vez más, recibe las huellas divinas, los movimientos del amor y sorprendentes luces en el conocimiento de Dios y de las divinas verdades. Mi alma parece ser, verdaderamente, un trono donde Dios reposa y se complace.

 

Pero cuando me sucede ser menos exacta y que olvido a veces esta sumisión puntual y esta obediencia a la amorosa Madre y al amoroso Padre, el dulce y tierno amor que les tengo disminuye en la misma medida que mis sentimientos de filial respeto. Su presencia se oscurece igualmente hasta tanto no les he confesado mi falta con profunda humildad y corazón contrito.

 

Fue así como decidí hablar a la hermana T. de mi propia persona y de las gracias e instrucciones interiores que recibía. Y he aquí que la amorosa Madre me ha reprendido por ello, porque esta manera de obrar era contraria a la enseñanza que ella me había dado, de no hablar nunca de mí ni de las gracias recibidas. No es que hubiera materia o sustancia de pecado contra la humildad; pero la manera de obrar no era buena. Y, luego, la amorosa Madre desea que la humildad sea en mí perfecta, que no falte en ella la menor cosa, que no se mezcle en ella ni incluso una sombra de lo que la es opuesta. Además, puesto que ella me ha comunicado que debía permanecer enteramente separada de mi propio yo, sin ocuparme de él, de ello se sigue que debo también perder la memoria de lo que pasa o ha pasado en mí; y no reflexionar en ello y guardarme de ahora en adelante de decir nada.

 

Pero que vuestra Reverencia no vaya a creer que esta obediencia tan rigurosa, esta sumisión a la amorosa Madre y al amoroso Padre, esta atención constante a su buena voluntad y a sus indicaciones, que todo esto, digo, quite nada en mí del libre albedrío y de la santa libertad de espíritu. Porque la santa libertad consiste precisamente en no disponer libremente de sí y en no desearlo. Al contrario, considero como una verdadera esclavitud tener que volver a mi libertad propia; y esto lo temo más que la muerte.

 

Se me ha mostrado, por otra parte, que me vuelvo culpable de una cierta especie de injusticia, y que debo acusarme de ella en confesión, cuando vuelvo a mi propia libertad; porque me he expropiado totalmente, dándome toda al Bien-Amado, a la amorosa Madre y al amoroso Padre, a fin de vivir en adelante a medida de sus indicaciones. Me he obligado a ello incluso por voto. Y aunque esta promesa no haya sido hecha bajo pena de pecado (lo que no me había sido pedido), me obliga, sin embargo, de una manera muy firme, porque no tiene otra sanción que el amor, y el amor es para mí fuerte como la muerte y más violento o celoso que el infierno (Cant. 8,6).

 

En este sentido, no tengo ya ningún derecho sobre mí misma y no me pertenezco, y puedo decir, en verdad, con el santo profeta David: Mi lengua es la pluma del escritor escribiendo con rapidez (Ps. 44,2). En efecto, mi lengua; mis miembros, mis sentidos y las potencias de mi alma son, o deberían ser, otras tantas plumas con las cuales el Bien-Amado, la amorosa Madre y el amante Padre escriben, y que ellos dirigen a su antojo como el maestro guía la mano y la pluma del niño que aprende a escribir (abril 1669).

 


 

15. Intenta explicar mejor las modalidades de esta presencia de la Santísima Virgen y san José
[II, c. 246, p. 376]

 

Me siento impulsada a describir algo más claramente, todo lo que me sea posible, de qué manera he sido agraciada estos días con la presencia de la amorosa Madre y del amoroso padre, y cómo he percibido sus emociones, sus direcciones y su dulce influjo.

 

Les he tenido constantemente en la mirada del espíritu. Su recuerdo y su imagen estaban como impresas en la inteligencia y en el conocimiento, de una manera habitual y esencial, sin la menor intervención activa de mi parte. Yo no habla puesto nada, ni pensamientos ni otras actividades propias, para alcanzar ese efecto. La cosa parecía hacerse de una manera tan natural y esencial que parecía brotar naturalmente. Si no comprendo mal, se han presentado en la parte suprema del espíritu, antes que yo hubiese pensado nada y sin esperarlo.

 

Pero la impresión era tan fuerte que si yo no hubiera hecho esfuerzos, incluso para distraerme de ello, o para perder esta contemplación, este gusto, esta experiencia, yo no lo hubiera logrado, me parece. Salvo, bien entendido, si yo hubiera hecho algo que les hubiese desagradado; porque en este caso, su presencia se esfuma, desaparece y, con ella, la dulce ternura, el inocente y respetuoso amor.

 

Lo que yo veía era una forma, una imagen, distinta y, sin embargo, idéntica. La contemplación era, a la vez, clara y oscura. No sé cómo explicar esto. Me parece que habla alguna analogía con la descripción que da Santa Teresa de una cierta revelación que tuvo de la amorosa Madre y del amoroso padre. No prestaba ninguna atención especial a determinado punto particular de su

persona, pero consideraba con una simple mirada, en la satisfacción de su alma, todo el conjunto de la persona de la amorosa Madre.

 

Mi consideración era tan sencilla que me hubiese sido imposible considerar el uno aparte de la otra. Los dos eran uno solo, y el único era doble. Además, esta visión estaba contenida en la unicidad del Ser de Dios.

 


 

16. Goza de la presencia de María y de José de una manera más abstracta.
La realidad de esta visión se hace manifiesta por sus frutos
[II, c. 247, p. 377-378]

 

Según creo, me privan ahora de este género de representación y de movimientos experimentalmente percibidos. La cosa es ahora más espiritual y abstracta. No se retiran en cuanto a su ser, pero a mi parecer yo los gusto de una manera más exaltada y más ajena al sentido. Sin duda me han llevado al fin donde tendrían las precedentes representaciones.

 

En efecto, sus enseñanzas, sus dulces inspiraciones, parecen haberme hecho capaz, haberme dispuesto o, más bien, haberme llevado a una más estrecha y más eminente unión de amor a mi divino Amigo. Y mi corazón fue por ello herido más profundamente por su amor. Me han hecho más íntima con Él. Más que nunca, han implantado en mí su propia manera de ser, su naturaleza, su espíritu; porque vuelvo a sentir en mí, en todo mi ser, una tal transformación divina que me es imposible expresarla. Eso me prueba suficientemente que lo que me sucedió el día de San José no era una ilusión.

 

Mi espíritu queda todo impregnado de virtudes excelentes, en particular de bondad, benevolencia, amor y misericordia.

 

Soy arrastrada a perdonar de todo corazón a mis enemigos, a los que me han hecho algún mal, a amanes, a rogar por ellos, a hablar bien de ellos y a perdonarles, a tenerles compasión, a testimoniarles benevolencia y afecto, a olvidar el mal y la injuria que me fueron hechas, a rogar a Dios que no les impute estas cosas como pecado; y así sucesivamente.

 

Me siento igualmente impulsada a la mortificación y santo odio de mi propio yo, a arrancarme todo amor propio, a no tener para mí ninguna indulgencia, ninguna atención, a no hacer ningún caso de mi persona y a no soportar, sin contrariedad, que otros se ocupen de mí o me atestigüen alguna solicitud. Cuando esto sucede tengo vergüenza, y me humilla más. Reconociéndome indigna, me atribuyo en todas las cosas la peor y la última parte.

 

Pero me viene, como réplica, una dulce propensión a satisfacer a los demás, procurarles lo que es útil, cómodo, agradable. Me privo de ello como si tuviesen más derecho que yo. Siento una inclinación a hacer por caridad trabajos humildemente serviles, abyectos y sucios, para descargar a los otros y aliviar su trabajo.

 

En todo eso descubro y gusto un sabor espiritual, una satisfacción de alma, porque el santo amor me impulsa a llevar las cargas de los demás. Sin embargo, bien creo que no poseo estas virtudes en grado perfecto y que deberán crecer en mí a medida que crezca también la luz interior.

 

Tales son las transformaciones operadas en mí en lo que concierne a mis relaciones exteriores con el prójimo. La transformación interior no es menos importante.

 


 

17. La Santísima Virgen y san José se le aparecen, revelándole su excepcional pureza.
Recibe luces en relación con su eminencia
[II, c. 197, p. 318]

 

El día de la vigilia de la Santísima Trinidad [26 de mayo] del año de 1668, durante la oración de la tarde, me ha parecido que la amorosa Madre y San José se aparecían en mi espíritu.

 

Me revelaban y me hacían comprender la inexpresable pureza interior y exterior, así como el ardor de amor divino con los que Dios les había agraciado durante su vida terrestre. Yo veía cómo ellos no habían cesado de cooperar a fin de aumentar estos dones y de permitirles crecer hasta un grado infinito. Sin embargo, veía a San José en un menor grado de pureza y de amor que la amorosa Madre.

 

Esta revelación tuvo lugar repentinamente y fue breve, porque apenas duró el tiempo de un Avemaría. Pero en relación con sus virtudes, sus méritos y la eminencia de las gracias con las que Dios les había elevado, la inteligencia recibe en este corto espacio más luces e inspiraciones que no hubiera podido adquirir de otra manera en largos años.

 

Todo esto aumenta singularmente mi admiración, mi respeto, mi amor, mi confianza y mi devoción hacia la purísima Virgen, llena de gracias, y hacia su querido esposo, San José. Eso me estimula mucho a seguirles - de lejos y según mi débil poder - en el camino de su extrema pureza interior y de su ardiente y perpetuo amor de Dios.

 

La amorosa Madre se me había aparecido vestida con un traje resplandeciente como la nieve. Era una joven de unos dieciocho o veinte años, llena de belleza, de juventud, de dignidad y de perfección. Recordaba, poco más o menos, los cuadros que se hacen de la Inmaculada Concepción, en donde la Virgen no lleva Niño Jesús.

 


 

18. Saborea la presencia de la amorosa Madre. Herida por su amor,
la ve en el resplandor de su belleza y majestad
[II, c. 200, p. 321-322]

 

El día de la fiesta de la Virgen de las Nieves [5 de agosto], en 1668, durante la oración de la mañana, no tenía otra preocupación y no percibía otras operaciones del alma que la contemplación de una presencia extremadamente agradable de la amorosa Madre en lo más alto del espíritu. Las potencias del alma estaban enteramente privadas de cualquier otro objeto.

 

Durante todo este tiempo fui inundada de una nueva luz celeste, que vertía sobre mí sus rayos. Estaba rodeada de ella por todas partes, como si me hubiese encontrado en el centro de un sol. Y, sin embargo, eso no atraía excepcionalmente mi atención. Mi corazón parecía haber recibido una nueva herida, como de una flecha de amor de Dios y de la dulcísima Madre. Esta se mostraba inconmensurablemente bella, y el esplendor de su majestad hubiera oscurecido el resplandor del sol.

 

Eso duró bastante rato, sin que de una y otra parte fuese pronunciada una sola palabra. Yo la contemplaba sencillamente con una tranquila y afectuosa mirada, toda llena, sin embargo, de admiración y ternura. Esta visión me era ofrecida. No era el resultado de una actividad u operación naturales. Esta contemplación luminosa y tan sencilla era tan eminente y pura, sólo en el espíritu, que no era tolerado el menor movimiento de las otras potencias. Hubiesen oscurecido esta contemplación. Me era preciso abandonar todo, permaneciendo en un estado de pura receptividad en lo que atañe a todo lo que le agradase a Dios operar en mí.

 

La amorosa Madre no me decía nada. No me hacía ninguna caricia. Pero su mirada estaba llena de afecto, de amistad, de benevolencia. Estaba yo plenamente saciada por la simple vista de su dulcísima presencia en Dios. Ella estaba encerrada en el Todo y completamente cubierta de su sombra. Porque yo la veo siempre en una tal unión.

 


 

19. Es premiada con varias visitas de la Virgen, encontrándose por ello inflamada de amor
[II, c. 201, p. 322-323]

 

He notado hoy lo que a continuación diré, a fin de que vuestra Reverencia pueda examinarla con todo lo demás. La amorosa Madre me colma de gracias y de favores. Jamás me ha venido al pensamiento osar esperar, tan sólo, semejantes cosas. Estoy favorecida actualmente con un gran número de visitas de la amorosa Madre, que me ha tratado en ellas muy familiarmente.

 

Nuestro amor por ella se ha acrecentado de manera maravillosa. Este amor no es solamente una dulce ternura, una ingenua e inocente afección filial - lo que sería completamente natural -, sino que es, además, un amor que quema y que hiere. Me enloquece y embriaga el considerar la acogida tan dulce y afectuosa de mi muy amorosa Madre, y que ella parece haberme adoptado como a su hija muy amada.

 

Pero ¿no es ella también mi queridísima Madrecita, puesto que me derrito de amor por ella? Hace dos días me ha concedido reposar y dormir sobre su seno durante una hora o tal vez más. Me ha consolado de manera muy evidente. Me ha librado de una cierta tentación del enemigo en una forma clara y patente.

 


 

20. Ve a María presente en el coro durante el canto de la Salve Regina.
Implora su bendición y se alegra de pertenecer a su Orden
[II, c. 201, p. 323]

 

El 11 de agosto de 1668, mientras los religiosos cantaban la Salve Regina y las letanías, experimenté una particular alegría y un contento de corazón, porque me pareció ver que la dulcísima Madre permanecía entre sus queridos Hermanos y se complacía en ello. La alabanza, el reconocimiento, la respetuosa devoción que le eran atestiguadas parecían agradarla extremadamente.

 

Al ver esto, rogué a la amorosa Madre que, puesto que ella encontraba tanta satisfacción en estas cosas, se sirviese dar a cada uno, a título de recompensa, su bendición maternal, a fin de aumentar en ellos la gracia; y que todos pudiesen perseverar en su servicio en perfecta pureza de corazón, en amor y en devoción. De esta manera ella encontraría siempre más placer y satisfacción en cada uno de ellos.

 

Llena de agradecimiento, me he alegrado porque la amable Madre se ha dignado llamarme a formar parte de semejante Orden.

 

Veía también con qué amor de predilección amaba a esta Orden, por orientarse totalmente al servicio de su culto y de su amor y porque celebraba sus fiestas con tanta devoción, afecto y respetuosa familiaridad, como verdaderos hijos y como sus Hermanos.

 

Por todo ello, me sentía dichosísima de poder, como ellos, refugiarme bajo su guarda maternal y ser un pequeñísimo miembro, un pequeño sarmiento de esta Viña del Carmelo, en donde me gustaría producir frutos en abundancia para la satisfacción del Bien-Amado y de la amorosa Madre.

 


 

21. Está como consumida en el amor de Jesús y de María. Reposo y sueño
sobre el seno de la amorosa Madre y satisfacción del alma
[II, c. 202, p. 324]

 

El 12 de agosto [1668], durante el rezo de la mañana, desde el principio y sin saber cómo, fui arrebatada y hecha prisionera en el amor de mi Bien-Amado y de la amorosa Madre.

 

La operación de este amor era sencilla, indeterminada y completamente absorta. Podía muy bien llamarse una manera de amar sin modo ni medida; porque me parece que el alma pasaría en ello largas horas, incluso jornadas enteras, sin experimentar cansancio y sin poder decir ciertamente lo que ha hecho durante este tiempo, lo que ha pensado ó lo que Dios ha obrado en ella.

 

Se acuerda solamente que, durante todo ese tiempo, ha reposado dulcemente, ha dormido un sueño de amor sobre el seno de esta amorosísima Madre, a la manera de un inocente niñito. Pero el alma experimenta la dulzura de una saturación. Está satisfecha y no puede anhelar ni desear más y mejor que reposar así. Él cuerpo mismo parecía equipararse al estado de un niño que reposa sin saberlo, sin tener conciencia de ello.

 

Este estado de reposo ha perdurado durante el Oficio. La recitación no era un impedimento porque la hacia de memoria.

 

Por otra parte, me parecía que esta recitación era hecha por otra persona. Sin embargo, en las antífonas y en los Versículos me parecía como que salía bruscamente de este dulce sueño y que, despierta ya, me ponía a glorificar, alabar, bendecir e invocar esta tan dulce Madre, con una enorme alegría en el corazón. Y después volvía a caer pronto en este bendito sueño.

 


 

22. De todas estas operaciones del amor mariano no le quedan imágenes en la memoria,
porque ésta no se adhiere allí más que de una manera deiforme y no busca
su satisfacción personal. Permanece siempre en el alma una chispa
del amor del Bien-Amado y de la amorosa Madre
[II, c. 203, p. 324-325]

 

Cuando han pasado estas operaciones en donde el espíritu recibe tanta suavidad, éste permanece muy desprendido. No le quedan ya imágenes, como si no hubiese tenido ninguna.

 

Es necesario, por otra parte, que eso sea así; y si no lo fuese me sería preciso tender a ello aun con trabajo. Porque no me es permitido nunca poseer en el espíritu la menor imaginación, que, sería una sujeción, ni el menor sentimiento natural de posesión, por muy bueno y santo que fuese su objeto. Eso turbaría la pureza del corazón. La representación de las cosas buenas y santas no es excepcionalmente tolerada más que en tanto Dios trabaja el alma en este sentido por su gracia sobrenatural y sus emociones. Pero nunca fuera de esto.

 

No siendo en este tiempo, el espíritu debe mantenerse separado de los sentidos y de las potencias sensibles. Es preciso entonces permanecer en una profunda soledad de espíritu, a fin de contemplar y de adorar el Todo y el Ser sin imagen de Dios y de darle una adhesión exclusiva. Esta contemplación se hace por una sencilla y pura mirada de la fe y por una conformidad amorosa de la voluntad tendiendo al único y Soberano Bien, nuestro fin más alto.

 

No obstante, a continuación de las operaciones que he descrito más arriba, el amor se encuentra considerablemente aumentado. Me queda constantemente en el fondo del alma una chispa de esta dulcísima inclinación de amor hacia la amorosa Madre y el Niño Jesús. Esta chispa viene a ser habitual y, por así decir, esencial; aunque a la menor ocasión - sea que oigo sus alabanzas o las digo yo misma, sea a la vista de una de sus estatuas - el amor brota pronto, tierno, ingenuo, dulce y filial. La sangre fluye al corazón. El corazón tiene brincos de alegría y de gozo. Me ruborizo, como si estuviese sumida en una embriaguez espiritual o como uno de esos enamorados locamente entusiasmados, cuando se hace ante él el elogio de aquella a quien ama.

 

Pero fuera de ese tiempo, todo debe permanecer tranquilo, sencillo, oculto, interiorizado, únicamente dispuesto al recogimiento donde, en la unión sin intermediario con Dios, se pueda vivir en Dios solo.

 


 

23. Su celo por la gloria de María y su confianza filial. Ante el temor de ser engañada,
se ve conducida por la Santísima Virgen a una profunda soledad,
donde es liberada de Satán y transformada en Dios
[II, c. 204, p. 325-326]

 

Otra continuación de esto es el crecimiento de mi celo y del ardor en propagar su culto y su gloria. Querría atraer a todo el mundo a su amor, a su servicio, a su devoción; y que todos, en sus necesidades espirituales o temporales, tomen dulce y amorosamente sus recursos de ella, con toda confianza, como un niño refugiándose junto a su madre muy amada y muy amante.

 

Tal es este crecimiento en mí, que en todas las ocasiones que se presentan cada día el alma se siente impulsada, por instinto, en un brote de amor y filial confianza, a volverse hacia ella para confiarle todas necesidades, tanto las suyas propias como las de los demás.

 

Me sucedió sentirme presa de un gran temor de haber sido, poco a poco, engañada por el demonio, de suerte que me habría encontrado con las manos vacías al fin de mi vida. Muy deprimida y con el alma cansada, he buscado refugio cerca de mi queridísima Madre. Con gran confianza, y como un niño, le he confiado mis dolencias.

 

Y he aquí que, de repente, me he visto como un niño a quien la amorosa Madre lleva de la mano. Y fui conducida a una inmensa y profunda soledad del espíritu, donde el demonio no tiene acceso y donde no me puede alcanzar para atormentarme, turbarme y tentarme.

 

Cuando fui colocada allí, la amorosa Madre desapareció. Pero yo permanecí allí, muy consolada y fortificada, en la entera certidumbre de que no era una ilusión. Estaría dispuesta a morir para atestiguar la veracidad de este hecho. En un instante me sentí tan fortalecida y llena de valor, que hubiese afrontado todos los diablos del infierno. No temía las malicias, las asechanzas, las violencias que pueden hacer a un alma, y no les daba más importancia que a la picadura de una mosca.

 

En sencillez y silencio había llegado, de una vez, al recogimiento, seguido de una firme adhesión a Dios, sin intermediarios. Era una unión con todas las potencias del alma, inflamadas del fuego del amor divino. Por este medio, mi alma estaba como introducida y fundida en Dios, hasta el punto que no tenía ya conciencia de ella misma y que estaba como absorta y transformada en su Bien-Amado.

 

Índice


 

CAPITULO II

LA VIDA MARIANA

 

24. La Santísima Virgen le ordena explicar en qué consiste la «vida mariana».
Existe un grado más perfecto que la simple unión con Dios, Soberano Bien
[II, c. 207, p. 329-330]

 

Creo que la amorosa Madre me ordena explicar con un poco más de extensión lo que gratuitamente se me ha concedido a veces experimentar y gustar de esta vida en María o «Vida Mariana».

 

Ahora veo claramente que he hecho mal en retractarme y hacer modificar lo que había escrito a vuestra Reverencia en relación con un grado un poco más elevado que la simple unión con Dios y al cual la amorosa Madre me había hecho ascender. Porque ello es realmente como le escribía entonces a vuestra Reverencia.

 

Por la gracia divina se puede uno remontar algunos grados en el estado de perfección, a pesar de que el estado de pureza y simple unión con Dios sea el más supremo.

 

Es muy cierto, sin duda, que Dios es el único y supremo fin. En la obtención, contemplación y fruición de este Bien Supremo está contenida toda la dicha y toda la felicidad del alma, en esta vida y en la otra. En este sentido el alma no puede tender ni alcanzar más allá.

 

Pero, en otro sentido, el alma puede, sin embargo, desear más y tender a ello, y eso de alguna manera que presente analogías con el estado de las almas bienaventuradas del cielo. Los Santos poseen todos una gloria, una felicidad, una alegría, un gozo, una saciedad que les vienen de la contemplación del amor y de la fruición de la Faz divina y del Ser Divino. La luz de gloria y el amor santificante les traspasa y les hace resplandecientes, y es en esto en lo que reside su dicha suprema y su beatitud.

 

Se sabe, sin embargo, que los santos y bienaventurados reciben, además, una gloria y un gozo suplementarios, cada uno en la medida de sus méritos o según la conveniencia de Dios. Una cosa análoga pasa en esta vida cuando ciertas almas están favorecidas de dones, gracias y favores suplementarios, por los cuales, si se me permite decirlo, vienen a ser en esto semejantes a los santos y alcanzan un género de vida de unión y de fruición en Dios más excelente.

 

En este sentido, esto constituye un grado un poco más elevado todavía que el de la simple unión mística, y que se puede llamar verdaderamente un grado más eminente. Pues lo que y experimento y gusto de esta vida en María  - o vida marieforme - me parece ser una doble vida, como la vida en Cristo - o cristiforme - es una doble vida. Empero, la vida sobrenatural sigue siendo una.*

 


* En este párrafo hay unas evidentes imprecisiones teológicas. Esa perfección, de que habla María de Santa Teresa, como una superación de la unión mística simple, no puede afectar al modo sustancial de la misma unión con Dios; es sólo de orden accidental: no puede existir ese otro grado más eminente, de que habla, como sustancialmente distinto de la simple unión mística a Dios. Se trata sólo de un aumento accidental de unión mística análogo - como la misma autora insinúa más adelante - a la perfección accidental que en el cielo supone la contemplación de la Humanidad de Cristo y de la Santísima Virgen. Es necesario ser comprensivos con las imprecisiones de los místicos - sobre todo si no son teólogos -, para los que el lenguaje humano resulta limitado e incapaz.


 

25. La vida mariana consiste en un reposo, una alegría, una fusión en María,
coexiste con la vida divina, porque considera a María en su unión con Dios.
Es apta para los hijos predilectos de la Santísima Virgen
[II, c. 208, p. 331-332]

 

Aquí querría precisar un poco cómo concibo que esta vida es doblemente divina y cómo constituye un grado ligeramente superior al de la pura y simple unión a la sola Deidad.

 

Esta simple unión puede compararse a la gloria esencial o real, mientras que la otra se compara mejor con la gloria sobreañadida o adventicia, de la que los bienaventurados se encuentran favorecidos, aparte de la gloria esencial.

 

A veces se me muestra y se me da una vida de espíritu en María, un reposo en María, un gozo, una fusión, una pérdida, una unión en María,

 

He aquí cómo esto se obra: con toda sencillez, desnudez y tranquilidad, el espíritu vuelto hacia Dios, y esparcidas en su ser mis imágenes por la adhesión, contemplación y fruición de este ser absolutamente simple, sucede a veces que mi alma experimenta al lado de esto una unión también, una contemplación, una fruición de María en tanto que ella es una con Dios y unida a Él. Gustando de Dios, gusto también de María, como si ella no fuese más que una con Dios y no distinta de Él. Por más que Dios y María no parecen ser para el alma sino un solo objeto, casi a la manera de la Santa Humanidad de Cristo, que se contempla unida a la divinidad, en unidad de Persona.

 

Aunque no exista en María la unión personal con la Deidad, como se realiza en Cristo, sino únicamente una santa y grata unión, ésta es, sin embargo, infinitamente más excelente en ella que en la más eminente de las criaturas.**

 

Para el alma que contempla, Dios muestra a María perfectamente unida con Él y a Él, sin que sea posible distinguir intermediario alguno en esta unión. Me parece entonces besar y abrazar a María en una maravillosa licuefacción de mi ser en ella, al mismo tiempo que en Dios.

 

A veces, también me parece estar tomada y encerrada en su corazón, muy puro, muy amable y ardiente. Y quedo como embriagada y loca de amor por ella al mismo tiempo que por Dios, derramándome por completo en esta unión.

 

Y así se realiza una vida divina, a la vez doble y sencilla, que constituye una manera pura, noble, elevada y perfecta de amar a nuestra santa Madre; aunque muy pocos conocen esta vida por experiencia. Esta vida por María y en María, al mismo tiempo que para Dios y en Dios, está reservada propiamente a sus verdaderos enamorados, a los niños mimados que ella ha escogido.

 

No me sorprende nada que nuestro San Pedro Tomás haya estado constantemente ocupado en la amorosa Madre y que haya  tenido para ella una devoción, un amoroso atractivo, una atención y un amor tan singulares, que parecía no poderla olvidar un solo instante. Su corazón y todas las potencias de su alma estaban sobremanera saturadas del conocimiento de María, de su recuerdo y de su amor; y cualquier cosa que hiciese, que hablase, que comiese, que bebiese, todo estaba endulzado en este amor y en el dulce nombre de María. También recibió en su corazón la huella de su dulcísimo nombre, ya que la gran costumbre que adquirió de llevar prendida a María en su corazón y a amarla con un ardiente amor le hizo fundirse, en cierto modo, con María, unirse a ella misma por un tiempo, quedar como transformada en ella. Por el amor se había cambiado o perdido en ella, al mismo tiempo que en Dios, pues el uno no va jamás sin el otro.

 


** Es claro que la unión de la Santísima Virgen con la Esencia divina no supone una identificación o confusión de naturalezas, que permanecen perfectamente diferenciadas, sino que dicha unión pertenece al orden intencional. La comparación que la mística autora hace con la unión hipostática que se da en Cristo, es hiperbólica. Repetimos la necesidad de ser comprensivos con ciertas imprecisiones de los místicos no teólogos.


 

26. La vida mariana debe su excelencia a la unión de María con Dios y a su participación
en las perfecciones divinas. Naturaleza de la unión de María con Dios
[II, c. 209, p. 332-333]

 

La vida mariana - la vida en María, por ella y con ella - debe su nobleza toda, su dignidad, su eminencia y su perfección a la unión con Dios de la que goza la Santísima Virgen, así como a la superabundancia y a la participación de las gracias, propiedades y perfecciones divinas infusas en ella, por así decirlo, sin medida. ella las posee, en verdad, de una manera que el hombre no puede ni expresar ni concebir, y que es en ella infinitamente más eminente que en el más puro de los seres creados.

 

La vida mariana saca también su nobleza y su excelencia, como de un abismo inagotable de todo bien, en este hecho que el alma contempla, ama, estrecha a María, considerándola como saturada, iluminada, o transiluminada de la divinidad a la cual está unida.

 

No estaba esta simultaneidad en la contemplación; esta última se haría considerablemente más grosera y menos perfecta. Pues si debiéramos contemplar a María, amarla, estar impulsados hacia ella de modo parecido a como lo estamos hacia un ser creado, en lugar de contemplarla en su unificación con Dios, esta contemplación producirla necesariamente algún amor natural o sensible, lo que pondría un intermediario entre Dios y el alma, conduciendo a ésta a la multiplicidad.

 

Porque tal como es el objeto, tal es también el amor que de él se deriva. Si el objeto es sobrenatural y puramente espiritual, el amor que le es proporcionado también lo es.

 

Hay en mi alma un resplandor que me hace comprender por qué la amorosa Madre está más unida a Dios, más sobresaturada del ser divino, y por qué, en consecuencia, participa de los atributos y de las perfecciones de Dios, más que los Santos más eminentes o los espíritus angélicos.

 

La razón de esto es que Dios la hizo digna de concebir en su carne virginal el Verbo Eterno del Padre. Habiendo morado durante nueve meses en ella el Verbo unido hipostáticamente a su santísima Humanidad, su naturaleza, su alma, su cuerpo, fueron divinizados, hechos divinos, sobresaturados, plenamente absorbidos. Fueron transformados y como cambiados en Él mismo por el lazo potente e infrangible del amor que el Verbo Eterno lleva a María y del amor recíproco de ella a Él, y eso en una medida sin medida y de una manera incomprensible.

 


 

27. Dios le revela la incomparable excelencia de María y cómo
fue establecida mediadora entre Dios y los hombres

[II, c. 210, p. 333-334]

 

El Bien-Amado me hace comprender y ver, por los ojos iluminados por la fe, la excelencia de María, su incomprensible elevación, su potencia y su autoridad. Porque Dios la ha establecido mediadora, para toda la eternidad, entre Su Majestad y el hombre y abogada, la que aplaca la justicia divina.

 

Veo con evidencia que Dios la ha hecho dispensadora de todas sus gracias divinas, de sus favores, de sus bondades hacia el hombre; de tal suerte que absolutamente nada se derrama o desciende gratuita y graciosamente sobre el hombre si no es por intercesión de esta venerabilísima Madre. Todo debe pasar por sus manos generosas como la lluvia pasa por un canalón o discurre por una acequia. Dios ha querido engrandecería con estas prerrogativas porque Él la ha hecho digna, entre las demás mujeres, de ser su Madre. Y por eso la ha hecho tan semejante a Sí mismo, la ha revestido de sus atributos divinos, y hasta tal punto la ha unido a su Padre, que ella se me aparece como una con Dios...

 

Esto explica el hecho de que nuestro corazón se queme con semejante ardor en este amor, y por qué - sobre todo en las épocas de las fiestas de María - se experimente, casi sin interrupción, un cierto calor divino hacia el corazón, en el pecho, un calor tan distinto del calor de orden natural. De la misma manera, no puedo perder su recuerdo ni un solo instante durante todo el día, lo mismo que no puedo olvidar al mismo Dios. De aquí proviene que me pierda en ella por el Amor, que me funda en ella y esté como consumida. Porque este amor, a la vez potente, ardiente, fuerte, y sin embirgo muy Intimo, me conduce hasta el olvido de mí misma y de todo lo creado; y sus llamas interiores ascienden hacia lo alto y levantan a la vez el alma y el cuerpo. Desconozco, por otra parte, si este hecho se realiza verdaderamente así.

 

Mi dicha y mi alegría son tan grandes, tan superabundantes, al ver cuál es su potencia, su majestad, su elevación, su honor, y cómo ella es inexpresablemente amada por Dios, que no sé ya qué hacer o qué decir para dar gracias, para alabar, para exaltar a Dios y a la Virgen en proporción con la luz y el conocimiento que recibo en ese instante. Pero, sintiéndome incapaz de hacerlo, permanezco en un íntimo silencio y en el reposo del amor. Porque el espíritu desfallece de extrañeza y de admiración ante la inmensidad de este admirable misterio que está por encima de su comprensión, y se siente vencido y cautivo, dejando a la voluntad sola en su ocupación de amar.

 


 

28. Vida muy suave en María y dulzura de su nombre. Efecto potente sobre el demonio
[II, c. 211, p. 335-336]

 

En su bondad, Dios me concede también la gracia de respirar muy suavemente en María, de vivir en ella, experimentando una dulzura excepcional en oír, en pronunciar este nombre infinitamente dulce, incluso en pensar en él solamente. Hasta tal punto que mi alma y mi corazón parecen fundirse en ternura y en un íntimo sabor. Igualmente, no pudiéndome saciar de repetir este nombre, sea con los labios, con el corazón o con el pensamiento, experimento un placer espiritual tal, un contento, una alegría, un placer y tales arrebatos de corazón, que me parece cada vez que una nueva llama brota de mi alma.

 

Es por eso por lo que yo me he regocijado tanto y he bendecido a Dios por la instauración de la gloriosa fiesta del Santo Nombre de María [domingo después del 8 septiembre, fiesta de la Natividad de María], así como por el favor hecho a nuestra Orden, con preferencia a otras, de poderla celebrar con tanta solemnidad.

 

Pero he tenido algo de tristeza al ver la poca devoción y celo de las gentes y, sobretodo, de las hijas espirituales y hermanas en religión que se muestran tan poco diligentes en los solemnes oficios de este día.

 

Aquel día se imprimió en mi alma una cierta visión mostrándome cómo Satán parecía rugir y arañar de rabia, de pena, de odio y de despecho porqué este nombre glorioso y dulcísimo se encontraba así honrado y ensalzado.

 

Esta visión aumentó mi alegría, mi contento y también mis acciones de gracias hacia este Dios que había inspirado todas estas cosas. Mofándome de Satanás, yo le decía:

 

«¡Oh villana bestia, cómo debes sentir que esta Virgencita te haya machacado la cabeza y haya arrebatado tu potencia! Ya no puedes nada, y no eres más que una pobre, una débil mosca, desde el instante en que esta dulce y amable Virgencita quiera poner en obra su potencia y su autoridad. Pero, ¡oh bestia maldita y condenada!, no impedirás, sin embargo, que ella sea exaltada, honrada, querida. No puedes nada contra ella, ni incluso contra aquellos que la aman y ponen en ella su confianza. Yo me glorío de que tenga tanto imperio sobre ti. No temo ni tus asechanzas ni tus violencias, ni ahora ni en la hora de mi muerte. Porque espero que entonces, como ahora, llevaré su dulcísimo nombre grabado en mi corazón; y cuando veas este corazón sellado con este sello divino, no tendrás la audacia de aproximarte».

 


 

29. En esta vida es transformada en María por fusión de amor
[II, c. 212, p. 336-337]

 

Todavía me fue dado un pequeño resplandor de inteligencia más claro en relación con esta vida en María, para María y dirigida hacia ella. Toma ahora un sentido más general, y su práctica es más común que en todo lo precedente.

 

He aquí las palabras en donde encuentro las claridades que me permiten explicar lo que entiendo y experimento de todo esto. Estas palabras son: Que el alma vale más por el amor infuso que por la actividad que pueda producir.

 

Esto confirma todo lo que he escrito anteriormente sobre esta vida en María y es, sobre todo en este sentido, como hay que entender esta fusión, este goce, esta unión en María y con ella, y la transformación en ella de la cual he hablado. Porque la naturaleza del amor es unir a él el objeto amado. También el amor hace compenetrarse y fusionarse al que ama con el que es amado, hasta lograr la apariencia de una misma cosa. En este sentido, el amor tiernísimo, ardiente y unificador conduce al alma que ama a María a vivir en ella, a fundirse en ella, a unirse en ella, y a otros efectos y transformaciones, conforme a su género y naturaleza, porque se encuentra en un estado de perfección y posee su plena eficiencia, sobre todo cuando el Espíritu divino conduce así su amor y le estimula.

 

Así pues, cuando el Padre Eterno envía a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, gritando: ¡Abba! ¡Padre! (Gal. 4,6), cuando nosotros obramos y cuando no obramos, es decir, cuando Él pone en nosotros una ternura, un amor de hijos hacia el Padre del cielo, entonces este Espíritu del Hijo pone además una ternura y un amor de hijos hacia esta infinitamente dulce y amorosa Madre Y, en este sentido, el Padre Eterno envía también en nuestros corazones al Espíritu de Su Hijo, gritando: "Madre, Madre!". Porque es un solo y mismo espíritu - él Espíritu de Cristo - quien suscita en las almas este amor filial y esta vida en María, como suscita un amor filial y una vida en Dios; y todo esto de la misma manera en que fue realizado en Nuestro Señor Jesucristo.

 

Todo esto son misterios que yo paso guardando un santo silencio. Pero cada uno puede tener la experiencia de ello en la medida de su amor.

 


 

30. Precisión sobre las gracias y privilegios concedidos por Dios a María,
hecha por Dios tan perfecta como una criatura puede serlo
[II, c. 213, p. 337-338]

 

El miércoles y el jueves, días 19 y 20 de septiembre de 1668, ha placido a la bondad de Dios hacernos comprender más claramente la grandeza, elevación, eminente dignidad, así como la majestad, la autoridad y el poder de la amorosísima Madre, al mismo tiempo que el incomprensible e inexpresable amor que Dios tiene por ella. Y, de este abismo de amor que existe en su divino Corazón, Dios ha sacado una tal superabundancia de gracias sin número, de privilegios y de prerrogativas, que no le hubiera sido posible, por así decir, dar más ni hacerla más eminente o más digna, más bella, más insigne que su Majestad lo hubiese hecho.

 

En este sentido, el supremo poder, la sabiduría y la bondad de Dios no podían producir una criatura más noble, más pura, más digna, más bella y más eminente que su amorosa Madre, nuestra Madre.

 

Veo con evidencia y comprendo que por una inefable complacencia hacia esta amorosa Madre, Dios se ha como volcado en ella y la ha colmado y revestido de sus atributos divinos y de sus perfecciones en la medida que un ser creado podía recibirlos. Ella no podía recibir más de lo que ha recibido; porque, habiendo llegado a un clarísimo conocimiento y a un ardiente amor de Dios, por la gracia divina infusa y a causa de su flexibilidad para responder y para cooperar, se ha elevado por encima de los más eminentes Coros angélicos.

 

Y por esto el Ángel Gabriel la saludó diciendo: Yo os saludo, llena de gracia (Lc 1,28). En efecto, está tan sobresaturada de gracias que esta superabundancia desborda sobre nosotros, en este triste valle de lágrimas. Ella humedece y riega la tierra de nuestras almas con una abundancia de gracias que excitan, previenen, acompañan, fortifican y nos hacen perseverar. Hace fértil esta tierra y produce obras virtuosas y meritorias, útiles y necesarias a la salud del alma.

 


 

31. Todas las gracias descienden a nosotros por la intercesión de María, que no nos olvida nunca
[II, c. 214, p. 338-339]

 

¡Ah, qué multitud de gracias no veo yo descender sobre nosotros, que nos son dadas y repartidas por esta amable mano y pasar así por este divino conducto! Creo ver que Dios colocó la salud de todo hombre en las manos de esta amorosísima Madre. Pero veo al mismo tiempo que los cuidados de esta querida Madre se dirigen al único objeto de conducir a todos los hombres a la beatitud. Y a pesar de que ella permanece en la alta función y contemplación del Ser Divino, no olvida, sin embargo, nuestra miseria y nuestras necesidades. Sus miradas, todo bondad, compasión, ternura y afección maternal, son, por así decir, dirigidas sin cesar hacia nosotros, para ayudar, socorrer, consolar, en el peligro, tanto físico como espiritual, a todos aquellos que la imploran con confianza, de modo parecido al águila, que, a pesar de la altura de su vuelo y fijar su mirada al sol, no olvida a sus pequeños, y en todo momento sus ojos se fijan vivamente hacia ellos, tratando de ver si les falta algo o si, de un punto cualquiera del horizonte, llega un ave rapaz que pueda hacerles algún daño.

 

Es por esto por lo que nosotros estamos obligados a servir a esta amorosísima Madre y honrarla y amarla con toda la ternura de un amor filial.

 

Estos verdaderos conocimientos propuestos a mi alma, y otros semejantes, hacen crecer la altísima admiración, el respeto y el amor hacia la amorosa Madre y dan a estos sentimientos más estabilidad, sencillez y pureza. Parece que nuestra ternura no puede estar ya separada de ella. El corazón está como herido por una llama amorosa que eleva el alma, con una fuerza única, hasta la consumación del amor. Porque cada aspecto nuevo de las maravillas que Dios realizó en ella y del amor que Dios le atestigua atrae al alma hacia una profundidad o hacia una altitud de admiración, donde contempla estas cosas con el corazón ardiente y donde permanece como absorta, encontrándose el espíritu, por otra parte, incapaz de comprender las maravillas que son aquí reveladas.

 

Pero el amor, al no estar todavía colmado, sube hirviendo de lo más secreto del corazón y querría proclamar su admiración. Busca nombres que revelasen la grandeza y la dignidad de esta amorosísima Madre mía, y palabras capaces de alabarla, bendecirla y engrandecerla. Entonces, también el amor pronuncia cosas singulares para bendecir, alabar y exaltar a aquella que ama tanto, pareciéndose al enamorado locamente arrebatado, que no sabe ya qué inventar para hacer valer en su más alto grado la belleza de su amada.

 

Un pequeño resplandor se me dio, en el cual el Bien-Amado me hizo ver que Dios encuentra más satisfacción y se complace más en la amorosa Madre y que, por consiguiente, le tiene más amor que a todos los santos reunidos.

 


 

32. La vida mariana puede practicarse con tanta simplicidad como la vida en Dios, sólo
por el simple amor de Dios y de María, espiritualmente y, por así decirlo, sin imágenes
[II, c. 215, p. 339-340]

 

La gracia divina me da ocasión de experimentar que esta vida marieforme, o sea, en, con y por María y, simultáneamente, en Dios, para, con y por Él, puede practicarse con una simplicidad, una interioridad, una abstracción de espíritu casi tan grandes como la vida en la sola y pura Deidad.

 

Aunque en estos momentos no subsisten en el espíritu más que muy pocas representaciones de la persona de María, toda vez que el alma ha sabido considerarla unida a Dios y en Dios, con una tranquilidad perfecta, una simplicidad, una intimidad, una ternura, las tres facultades de la memoria, inteligencia y voluntad, están ocupadas en María y en Dios a la vez, hasta el punto que mi alma no puede apenas darse cuenta del modo o de la naturaleza de las nociones que la atraviesan entonces. Pero, de una manera confusa, conoce, sin embargo, y siente muy bien que la memoria se ocupa en el recuerdo simplicísimo de Dios y de María; que la inteligencia posee un conocimiento despojado, puro y verdadero o una contemplación de Dios presente y de María en Dios; y que la voluntad, por un amor muy tranquilo, intenso, dulce, tierno y, sin embargo, muy espiritual, se adhiere a Dios y a María.

 

Llamo a este amor «espiritual», puesto que parece arrojar en este momento sus destellos y actuar en la parte superior del alma, en un desasimiento de la parte inferior o de las potencias sensibles, siendo de esta manera mejor proporcionado a la íntima fusión, a la inmersión y a la unión con Dios y, con Él, en María y con María.

 

En efecto, como las potencias del alma, de una manera eminente y perfecta, no tengan más ocupación ni preocupación que el pensamiento, el conocimiento y el amor de Dios y de María, sobreviene una tan íntima y firme adhesión del alma entera a Dios y a María, que, por un amor de fusión, parecen transformarse en un solo ser los tres juntos: Dios, María y el alma, como si los tres estuviesen fundidos en uno solo, inmersos, absortos y transformados en uno solo.

 

Tal es el fin último y supremo que el alma puede alcanzar en la práctica de esta vida mariana. Tal es el único fruto o, al menos, el principal efecto de este ejercicio de amor.

 

María se hace un medio y un vínculo más firme atando y uniendo al alma con Dios. De esta manera da ella al alma amante un alimento y una ayuda que le permiten alcanzar, con mayor seguridad y perfección, la vida contemplativa y unitiva, que transforma en Dios, y permanecer allí, como ha poco le he escrito a Vuestra Reverencia.

 


 

33. Error de un gran número de místicos que creen la práctica de esta vida demasiado material
[II, c. 216, p. 340-341]

 

Esta vida mariana en María no satisface a la mayoría de los espíritus místicos y almas contemplativas. Son de otro parecer, como si esta vida en María debiese ser un impedimento para la más pura unión y fruición en Dios, durante la silenciosa plegaria interior, y así sucesivamente. Tal como entienden la cosa y se la imaginan, les parece demasiado grosera, demasiado material y múltiple; porque ellos no han comprendido la verdadera y simple manera de practicarla totalmente en espíritu.

 

A pesar de todo, es el Espíritu quien actúa y dirige aquí, incluso cuando a esta contemplación, a esta atracción; a éste amor del alma, parece mezclarse un poco más la actividad de las potencias sensibles. En este caso no hay el menor impedimento, ni el menor medio interpuesto entre el Bien supremo, entre el puro Ser de Dios y el alma. Existe en ello más bien una ayuda proporcionada al alma, que le permite llegar más fácilmente a Dios y establecerse en Él de una manera más perfecta; y eso por las razones que diré más tarde.

 

Que estos espíritus eminentes se pongan en guardia ante la vida de tantos santos, incluso de los que tuvieron una gran excelencia en la vida contemplativa y mística, tales como San Bernardo, San Buenaventura, Santa Teresa, Santa Magdalena de' Pazzi y tantos otros. Verán con facilidad que éstos fueron notables por su devoción hacia la amorosa Madre y por su vida mariana; y que su amor, muy tierno, inocente y filial, hacia María no aportó, en absoluto, ningún obstáculo a su vida divina en Dios.

 

La razón radica en que el Espíritu de Dios les movía así oportunamente, sin que su adhesión y unión a Dios fuese por ello más mediata, pero de manera que encontrasen allí, al contrario, un alimento y una más firme adhesión a su deiforme y divina vida.

 


 

34. Como el Espíritu de Jesús posee al alma y obra en ella, así acontece con el espíritu de María
[II, c. 217, p. 341-342]

 

Todavía debo hablar aquí de una cosa admirable que siento y experimento en relación con esta vida en María y en Dios. No sé verdaderamente si me entiendo bien. Pero, por esta costumbre de poseer así a esta amorosa Madre en el corazón y en el sentimiento parece que nuestro espíritu es dirigido, vivido, por así decir, y poseído por el espíritu de María, tanto en el obrar como en el padecer; y que el espíritu de María obra todas estas cosas a través de mí, lo mismo que precedentemente el Espíritu de Jesús parecía dirigir y ser la vida de mi alma, que durante un tiempo parecía poseída por Él. Entonces el Espíritu de Jesús obraba todas estas cosas a través de mí; y, bajo su conducta y su acción, yo era como arrastrada y pasiva. Hubo en mí un conocimiento experimental de la vida de Jesús que se me manifestó.

 

Es casi de la misma manera como el espíritu de María parece vivir en nosotros ahora, y mandar a los movimientos de las potencias del alma, moverles e impulsarles, sea al acto, sea al no-acto, a fin de hacerles vivir en Dios de una manera nueva y que hasta ese día no experimentaba aún. María parecía como nuestra vida o como una tibia atmósfera dando la vida y en la cual y por la cual respiramos nosotros una vida en Dios de una manera más noble y elevada que nunca.

 

Si digo: manera más noble y más elevada, es una manera de expresar que esta forma de vivir en Dios, en y por María, es más fácil siendo más proporcionada a nuestra débil capacidad receptiva, porque en tanto que permanece ligada a nuestro cuerpo mortal, nuestra mirada interior queda demasiado apagada y demasiado débil para contemplar a Dios en plena claridad, tal cual es, y no lo puede hacer más que a la oscura luz de la fe.

 

Pero cuando recibimos la gracia de poder contemplar a Dios y de amarle en María unida a Dios, entonces Dios se muestra en María y por ella, como en un espejo. Y los rayos y los reflejos de su Deidad están más proporcionados a nuestra pequeña capacidad y a la debilidad de apreciación de nuestra inteligencia. De esta manera nos es posible perseverar durante más tiempo en la contemplación y la fruición de Dios, así como conocer y descubrir de una manera más precisa y clara sus divinas perfecciones y sus atributos.

 

Lo mismo se puede decir aquí de un hombre que sintiese la curiosidad de ver el sol con mayor detalle. No se arriesgaría a zambullir su mirada de lleno en los rayos solares, porque estaría expuesto a perder la vista o a dañársela. En efecto, su vista es demasiado frágil y demasiado débil para recoger la enorme claridad y el resplandor del sol. Entonces toma un espejo, donde verá claramente la imagen del sol, con sus resplandecientes rayos, y no tendrá ninguna dificultad ni trabajo. ¿Por qué? Porque este espejo atenúa el ardor de los rayos y les presenta y refleja proporcionados a su potencia visual. De esta manera ve el sol claramente, como si no hubiese entre éste y su ojo ningún medio interpuesto. Ya que no se detiene en el espejo, sino en el sol que allí descubre, sin que el ojo pueda separar el sol del espejo.

 

Lo mismo ocurre con Dios y la amorosa Madre, que se deben considerar como un todo y como si formaran un solo objeto de contemplación: Dios en María, y María en Dios, sin distinguir el uno del otro. Entonces se verá que la amorosa Madre es un espejo sin una mancha, en el cual Dios se nos muestra con todas sus propiedades divinas, sus perfecciones, sus misterios, y eso de una manera que puede más fácilmente comprender y recoger la pobre capacidad de nuestra inteligencia.

 


 

35. Progreso en la vida mariana. María produce en el alma la vida en Dios
[II, c. 218, p. 343]

 

La vida sobrenatural del alma en María, por ella, con y para ella, continúa y crece en una perfección y estabilidad más grandes. Lo que yo siento aquí, lo que experimento y gusto es particularmente admirable; y por mi parte no he leído ni oído decir nada semejante.

 

Por así decir, parece que la amorosísima Madre sea la vida de mi alma, y es, pues, el alma de mi alma. De una manera evidentísima y de la que me doy perfecta cuenta, produce y origina la vida del alma en Dios, o vida divina, y eso por un influjo místicamente perceptible de gracias operantes, agradables fortificantes, excitantes y solicitantes, de gracias que acompañan, siguen o continúan, y que permiten perseverar en esta vida en Dios con más fuerza, constancia, pureza, etc.

 

Este influjo de gracias, que dan la vida, parece emanar tan inmediata, absoluta y únicamente de su amorosa mano, de su corazón de Madre, y que nos es dado por ella independientemente y sin la colaboración de Dios,*** por lo que María nos parece obrar como si ella fuese la dueña absoluta de los divinos tesoros, de donde ella saca todo lo que a Dios le place, a fin de adornar con ello nuestras almas y de hacerlas agradables a la mirada de Dios. Sí, Dios ha querido siempre honrar a la amorosa Madre y exaltarla hasta tal punto que le ha concedido poderes absolutos como Madre y Reina del tesoro de sus divinas gracias. Y éstas, ella las tiene absolutamente y para siempre bajo su autoridad y poder.

 


*** Aquí hay una evidente exageración de la autora, que así quiere mostrar cómo la acción de María en el orden de la gracia, aunque subordinada a Dios, no es meramente pasiva, sino también activa. De echo el influjo de la Santísima Virgen en el orden de la gracia no puede darse, en absoluto, con independencia de Dios, es más, la distribución de las gracias por parte de María es dependiente y subordinada de Cristo. Todavía también es personal, suponiendo su cooperación (como resulta evidente de la Anunciación) y iniciativa personal y intercesión (como lo demuestran la Visitación y las bodas de Caná).

 


 

36. La dirección dada por María al alma se hace sentir sin equivoco.
Visión intelectual de la presencia de María

[II, c. 219, p. 343-344]

 

Él amor maternal y los favores de esta dulce Madre para nosotros se manifiestan ahora con tanta claridad y evidencia que no puede haber a este aspecto la menor segunda intención, ni la menor suposición de ilusión o mezcla alguna de sentimientos de orden natural.

 

Me ha tomado bajo su maternal conducta y dirección, de la misma manera que la maestra de escuela conduce la mano del niño para enseñarle a escribir. Mientras escribe, este niño no mueve la mano en tanto que el profesor no se la dirija, dejándose guiar y mover por la mano del maestro.

 

Me encuentro lo mismo enteramente sometida a la autoridad de esa dulcísima Madre, que me conduce y me dirige; y mi mirada permanece fija sin cesar en ella, a fin de hacer en todas las cosas lo que más le guste y lo que quiera.

 

Y se digna mostrarme también claramente, hacerme comprender y conocer lo que ella desea en tal o cual circunstancia, ya se trate de hacer una cosa o de no hacerla.

 

Me sería imposible, por así decirlo, obrar de otra forma, puesto que ella permanece casi sin interrupción, enfrente de mi alma, atrayéndome de tan amorosa y maternal manera, sonriéndome, estimulándome, conduciéndome e instruyéndome en el camino del Espíritu y en la práctica de la perfección de las virtudes. De esta manera no pierdo ya ni un solo instante el gusto de su presencia al lado de la de Dios.

 

Esta visión y representación intelectual, no implicando ningún elemento grosero, no introduce en el alma ninguna multiplicidad ni medio alguno, sino que pasa, al contrario, en una tranquilísima simplicidad.

 


 

37. Actitud filial en relación con María y promesa de obedecerle. El alma percibe mejor
la dirección mariana que le enseña a practicar las virtudes de una manera más perfecta
[II, c. 220, p. 344-345]

 

Nos acontece que nuestra inteligencia y nuestro corazón están orientados hacia ella, e igual que un niño muy amante, inocente, afectuoso, dócil y sumiso, están totalmente impulsados a dar satisfacción a esta amorosa Madre, a agradarla, a obedecerla no moviendo a ningún objeto ni las potencias interiores del alma, ni los miembros del cuerpo, si no es porque ella lo ordena, a ello les invite o conduzca.

 

Me ha parecido hoy que ella me estimulaba, que me pedía que le hiciese una oferta total, un don completo, un sacrificio de todo mi ser, corazón, alma y cuerpo, con todas sus potencias. Y lo he hecho. Me he despojado detenidamente de mi yo, y le he dado y ofrecido todo en plena propiedad no perteneciéndome ya a mí misma, sino toda a ella. He hecho en cierto modo un voto de obediencia, prometiendo estar atenta a obedecer en todas las cosas a su voluntad, a sus inspiraciones, y a seguir la conducta y las indicaciones que le pluguiese darme, bajo reserva de asentimiento de mi Padre espiritual.

 

Desde que he hecho esto siento su dirección y su acción de una manera mucho más sensible, mucho más clara y cierta, en todo lo que debo hacer o dejar de hacer, como si ella me llevara de la mano hacia tal o cual objeto. Cuando me es preciso cambiar de trabajo o modificar mi actividad, todos los sentimientos de mi corazón parecen deslizarse espontáneamente hacia esa amorosa Madre, con ternura, dulzura, afecto, docilidad, respeto, obediencia y sumisión; es como la mirada rápida, levantada hacia ella, de un niño bueno que quiere darse cuenta de si tal cosa la agrada o no, y si, por consiguiente, eso agrada o desagrada a su amado Hijo, con quien ella es un todo.

 

Me parece experimentar la ayuda y el socorro de esta amorosísima Madre mía de la misma manera que Santa Teresa los experimentaba por parte de San José, cuando su oración y sus ejercicios interiores se desviaban un poco, y San José les hacía marchar rectos nuevamente. La amorosa Madre actuó de modo parejo con relación a mí, con una evidente afección y solicitud maternal.

 

Me infunde luz y ciencia para conocer y practicar mejor las virtudes. Cuando por ignorancia me acontece hacer algo que vaya en contra de la perfección (aunque no sea más que la más pequeña sombra aparente para la verdadera virtud, y sobre todo en materia de humildad, de pureza de corazón o de puro amor de Dios), en seguida me enseña a corregirme, me da un aumento de luz y de prudencia en estas ocasiones.

 

Lo mismo cuando la pureza interior se encuentra disminuida por alguna intromisión de las potencias inferiores o por el hecho de haber considerado las criaturas fuera de la Unidad divina y de la sencillez de Dios, me enseña a simplificar mis consideraciones, a purificar mi alma en Dios, a separarla de todas las cosas que no sean Dios o por lo menos deiformes. Me parece que de su Corazón maternal brota un rayo, dándome una claridad en la cual veo estas cosas y la firme voluntad que me permite practicarlas.

 


 

38. Presencia de María y descanso de amor en ella
[II, c. 221, p. 346]

 

Durante la oración, la veo un poco más cerca de mí, a mi lado derecho. A veces descanso en sus brazos y a veces sobre sus rodillas, con el sentimiento muy dulce y tierno de un inocente amor que me hiere y me quema; pero a veces también, con una vehemencia apasionada y repentina con impulsos del corazón u otras manifestaciones apasionadas, como de un niño que ama. Pero todo esto se atenúa con facilidad con tal que no se nutra con exceso.

 

Me enseña aquí de una manera muy precisa cómo debo comportarme en la presencia de Dios, y que, en la posesión y goce de Dios sólo, no puedo introducir ningún intermediario, es decir, no tolerar nada en mi interior que no sea puramente de Dios o de ella misma.

 

Algunas veces el sentimiento, la vista y el recuerdo de esta amorosa Madre me faltan o se atenúan, como en el niño que, durmiéndose sobre las rodillas y el seno de su Madre, pierde también la conciencia y el recuerdo. Pero, a pesar de esto, gracias a la amorosa e íntima adhesión a Dios solo en perfecta tranquilidad y recogimiento de todas las potencias del alma, y gracias también al profundo silencio interior, el alma, que ama de una manera pura, íntima y sencilla, cae en un sueño de amor. Allí, perdiendo la noción de toda diferencia y libre de todo retorno a su yo, se ocupa de una manera absorbente del Uno divino y se duerme allí amorosamente.

 


 

39. La perseverancia en la práctica de la vida mariana acaba por hacer al alma conforme a María
[II, c. 222, p. 346-348]

 

Por una gracia que recibo fuera del tiempo de la oración, la amorosa Madre se me representa como un modelo o un ejemplo, a fin de que en mi vida y en mis actos yo copie su vida y sus virtudes. La perfección de su naturaleza y de sus virtudes se me muestra claramente; ya que, fijando sobre María la mirada de mi alma, veo el conjunto de sus excelentes virtudes como nunca las he conocido.

 

Este conocimiento o consideración se opera muy simplemente en el espíritu, no en la forma de reflexión o discurso de la razón, sino solamente por una simple mirada, por un conocimiento y una amorosa aceptación de la verdad, que se me muestra y que se imprime en mí como en un espejo. Contemplando la amorosa Madre, veo de una sola ojeada todo lo que se descubre en ella, como en un espejo sin manchas.

 

Si este favor llegase a perdurar un poco, me parece que aspiraría, bebería el espíritu, la naturaleza, las virtudes de la amorosa Madre, de tal forma que me parece llegaría a asemejarme a ella en muchas cosas (siempre, evidentemente, según nuestra manera de hablar, porque nadie puede llegar a la perfección de sus virtudes). Me parece, sin embargo, que si eso continuase, mi naturaleza se sentiría conmovida, tales llegarían a ser las transformaciones sufridas en mí.

 

¡Oh!, sería tan buena, tan tierna, tan acogedora, tan amable, tan dulce, agradable, generosa y caritativa con todo el mundo, sin exceptuar a nadie. Y si mi pobreza me impide realizar de hecho esta generosidad y caridad con aquellos que están en la necesidad, me será preciso, sin embargo, llevar estas virtudes profundamente enraizadas en mí, con una propensión de corazón, un amor, una compasión y el deseo de ayudar a todo el mundo, si estuviese en mi poder hacerlo, rogando a mi Bien-Amado y a la amorosa Madre se dignasen suscitar a alguien que lo pudiese hacer efectivamente. Aunque nuestra naturaleza esté ya bien transformada en estas materias, seria preciso que lo fuese todavía más si yo viniera a asimilarme la naturaleza y el espíritu de mi amorosísima Madre, como un verdadero hijo, a fin de parecerme a ella todo lo más que pudiese.

 

Quizá llegará a sucederme de vez en cuando hacer un trabajo poco cuidado, olvidarme un poco en el ejercicio de esta continua mirada levantada hacia ella, o en esta exacta reproducción o copia de sus virtudes, tanto en el interior como en el exterior; o aun en esta sumisión constante y esta atención a su dirección, a su conducta, a su movimiento, a su inspiración.

 

Pero desde el instante en que reparo haberme desviado, me arrojo humildemente a los pies de la amorosa Madre y le pido afectuosamente perdón. Y después sigo con tanta paz, amor, confianza, dulzura, inclinación y tranquilidad de mirada como antes, sin considerarme por eso más alejada de ella. Pues me hago a la idea de que en esta nueva vida soy muy semejante a un niño que cae a menudo y que tropieza al andar, a causa de la debilidad de sus piececitos. Pero, poco a poco, va adquiriendo mayor seguridad.

 


 

40. Bajo la inspiración de la Santísima Virgen, toma la costumbre
de implorar su bendición antes de las comidas
[II, c. 223, p. 347]

 

La amorosa Madre me inspira y parece desear de mí que antes de tomar ningún alimento o bebida le presente primeramente estas cosas al tiempo de pedirle humildemente que las bendiga y que se digne santificar estos alimentos y estas bebidas, a fin de que, santificadas por su bendición, puedan constituir y dar un alimento tan santo a mi cuerpo que lo santifiquen y lo hagan muy divino, que lo purifiquen de toda mala inclinación hacia el menor pecado, y que por este medio pueda yo alcanzar la inocencia primitiva de Adán.

 

Desde entonces he empezado a poner en práctica esto y se lo he enseñado también a otros. Eso se practica con una fe maravillosamente viva, con confianza y amor, puesto que eso me parece mostrado y pedido con harta evidencia por la amorosa Madre.

 

Tal vez se considere que actúo ahora de una manera mucho más material de lo que yo acostumbraba; pero no es nada. Porque es uno y el mismo espíritu quien obra todas estas cosas en mí, por mí y conmigo, sin que en ello se mezcle ninguna solicitud de mi parte. Y eso mana con toda naturalidad de mi alma, sin mi intervención, como si estuviese incitada y forzada a ello por una dulce necesidad. Conservo, por otra parte, una gran libertad e indiferencia de alma, sin sometimiento a nada, presta en todo momento a conformarme a todo lo que guste al espíritu de hacer o de no hacer y sin preferencia por una u otra cosa.

 


 

41. Presencia más íntima de María en el alma, incluso fuera del tiempo de la oración
[II, c. 223, p. 348]

 

Hoy, 4 de octubre de 1668, en la visión intelectual que tengo de la amorosa Madre, se mezclan aún menos elementos imaginativos, pero, a lo que me parece, esta operación es más espiritual y más sencilla.

 

María se me hace presente en el sentimiento, en el corazón y en la inteligencia por un tierno amor, por una afectuosa adhesión en espíritu y según un modo más apacible, más Intimo y más desligado de toda imagen.

 

Ahora, en efecto, el alma se siente atraída a permanecer en una íntima fruición de Dios presente en mí, y Dios se manifiesta en mi alma de una manera completamente nueva. En el gozo de este Bien permanezco, durante todo el tiempo de la oración, ardiente de amor.

 

Y he aquí que luego, fuera del tiempo de oración, mi tierno amor sube de nuevo como saltando hacia la amorosa Madre. Al pasar por algún sitio donde se encuentra una de sus imágenes, me es imposible pasar sin saludarla afectuosamente, en un sentimiento de íntima exaltación y con el corazón lleno de alegría. Y yo le digo: «Salud, oh Reina, Madre de misericordia; nuestra vida, nuestra dulzura, nuestra esperanza.. .»; o también: «Os saludo, Hija le Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo; os salúdo, oh Templo de la Santísima Trinidad...».

 

Todo eso se obra con una profunda inteligencia del sentido y de los misterios ocultos bajo estas palabras; y esta inteligencia causa en nosotros una maravillosa satisfacción, un gusto y un dulce sabor. Reflexionando en la incomparable bondad y en la complacencia de esta amorosísima Madre con respecto a mí, me esfuerzo en hundirme en una profunda humildad y en la confusión de haber recibido tales gracias y favores que nunca he podido merecer.

 

Y esta consideración me arroja en una mayor admiración, por la cual se encuentran redoblados nuestro amor y nuestra ternura por ella. Desbordando el corazón, por así decir, de reconocimiento, estalla y grita:

 

«¡Oh mi queridísima Madre; oh mi Paloma!, ¡la más amorosa, la más bella de todas las mujeres! ¡Oh Tú, la más excelente de todas las criaturas, la más bienhechora, la más eminente y la más poderosa cerca de Dios! Cuánto me regocijo de vuestra dicha y de que seáis la que sois... ¡Oh qué lástima que no tenga yo el poder de haceros amar por todos los hombres...!».

 


 

42. Nueva manera de vivir en Dios y en María en espíritu puro,
que se puede llamar «vida esencial en Dios y en María»
[II, c. 224, p. 350-351]

 

He aquí que interiormente se me ha enseñado otra manera de vivir en Dios y en la amorosa Madre; no una manera sabrosa, experimental, sensible, como de la que he hablado, sino más bien una vida hecha de certidumbre de fe y de pobreza de espíritu.

 

Su gran fuerza y su constancia producen la perfección de las virtudes, pero no está ya alimentada ni sostenida por el dulce influjo de las gracias sensibles, del tierno amor, etcétera. Todo es como si me hubiese dicho:

 

«Sube más alto, amiga mía, por encima del sentimiento, por encima de la experiencia y de los gustos; sobrepasa todas las imágenes; mantente por encima de todo eso, a fin de que, sin el estímulo de las gracias sensibles, alcances una vida esencial en Dios y en la amorosa Madre».

 

Y creo entonces darme cuenta y descubrir que todo lo restante no era más que un juego de niño, que mi alma no se dignaría incluso ni mirar.

 

Porque, instruida por esta luz tan espiritual para distinguir cuál es la mejor parte, el alma ha recibido tal sabiduría que ha llegado a estar como enamorada de esta vida pobre, despojada, abandonada, vacía de consuelos y de socorros. Se siente hasta tal punto valerosa, generosa, fuerte, potente, que pediría de buen grado al Bien-Amado que la prive de todas las dulzuras y cumplidos, como un niño que querría ser apartado del seno maternal para ser alimentado por un alimento más sustancial.

 

Por lo demás, la suprema indiferencia y mi sumisión al buen deseo del Bien-Amado y de la amorosa Madre me dejan sin voluntad y sin apetencias.

 

Creo que el Bien-Amado me da este conocimiento por dos razones.

 

Primeramente, con el fin de que no me apoye sobre nada y que no dé ninguna importancia a nada, ni siquiera si placiese a la Bondad divina darme dos veces tantas gracias sabrosas y sensibles

 

Después, en segundo lugar, a fin de que me mantenga en un completo desligamiento y libre de todo lazo en algún modo, manera u operación; con objeto de que, sin ligar mi afección a nada y sin estar ligada a nada, en una perfecta libertad de espíritu, esté presta siempre, y dócil en todo momento a inclinarme inmediatamente y al menor signo interior a cualquier otra cosa a que él Espíritu divino nos quiera empujar, dejándome adaptar a todas las formas, a todos los modos según el deseo del Bien-Amado y de la amorosa Madre. Mi interior debe ser como una cera complaciente y maleable para recibir las marcas de los diversos sellos, sin oponer la menor resistencia a esas huellas que son las operaciones del Espíritu.

 


 

43. Continuación de la vida mariana como verdadera hija de María, guiada por ella en todas las cosas
[II, c. 225, p. 351-352]

 

Se prosigue en mí esta vida en María, y por ella en Dios.

 

Como otras veces, ella es todo humildad, sumisión, obediencia, y yo soy como un niño bajo la dirección y autoridad de mi amorosísima Madre, de la manera que ya he descrito.

 

Hoy, la disposición de mí alma fue, sobre todo, un reposo o sueño de amor en los brazos maternales, sobre su seno, sobre sus rodillas; un reposo muy dulce, tierno e inocente, mientras mi corazón está herido de amor.

 

Mi deseo de complacer en todas las cosas a esta dulce y amorosa Madre, de serle agradable y de hacer lo que ella más quiere, ¡es tan intenso entonces! ¡Hay en mi alma una atención tan intensa y efectiva para percibir el menor signo interior que muestre su preferencia por una u otra cosa! El corazón está presto a dirigirse hacia todo objeto donde pudiera detenerse la voluntad o el buen deseo de la amorosa Madre; yo no temería ni el trabajo, ni la dificultad, ni el bullicio, ni la pena, ni las incomodidades de cualquier eventualidad.

 

¡Ah, cuánto me siento enamorada de ella cuando pienso en su tan inmensa benevolencia y en su maternal amor por nosotros! Él amor fue hoy tan ardiente en nosotros y tan violento, que de buena gana yo hubiese gritado, hecho grandes gestos y obrado a la manera de una persona ebria o medio loca. Si este fuego de amor se hubiese avivado todavía un poco más, me hubiese visto forzada a recurrir a refrescar exteriormente mi pecho, en la región del corazón; porque me sería imposible soportar mayor fuego de amor, puesto que éste me fuerza ya a manifestarlo exteriormente. ¡Qué fuerza no da este amor divino al alma para emprender vigorosos y viriles trabajos, cuando el Bien-Amado y la amorosa Madre lo exigen de ella, y para cumplir en las menores cosas su buen deseo! Creo que ella os haría atravesar corriendo barreras de fuego o líneas de espadas.

 

Vuelvo a sentir siempre la acción del espíritu de la amorosa Madre estimulando, ordenando y dirigiendo, por así decir, todo lo que debo hacer o no hacer. Y dirijo hacia ella una mirada tiernísima, dulce, inocente, una mirada de niño deseoso de conocer aquello que más le gusta de todas las cosas, incluso en las menores, y queriendo cumplir sus más estimados deseos.

 

Siento poder decir con toda verdad que la amorosa Madre es mía, y que yo soy suya. Ella es toda para mí, y yo soy toda para ella (cf. Cant. 2,16; 6,3), porque yo le pertenezco y yo no me pertenezco (escribe estas líneas en octubre de 1668).

 


 

44. Visita de la Santísima Virgen y actitud todavía más amable y familiar
[II, c. 226, p. 352-353]

 

El 26 de octubre de 1668 me encontraba en gran inquietud y tormento, porque temía entrar en buena estima en la opinión de las gentes, gracias a la intervención de cierta persona.

 

Después de unas horas, la amorosa Madre se me ha mostrado interiormente, atrayéndome de una manera amorosísima y maternal, e invitándome a venir a descansar sobre sus rodillas.

 

Lo he hecho así, y fui entonces muy lindamente requebrada y acariciada por mi bien amada Madre, como un hijo querido. Su presencia, infinitamente agradable, me consoló, y todas las tristezas anteriores y el dolor de mi corazón desaparecieron pronto.

 

Sin embargo, la amorosa Madre me mostraba claramente que la tristeza y el temor de ser estimada y honrada de la gente no le disgustaba, sino que le gustaba mucho, y que era preciso que así fuese, pues lo contrario no tenía valor.

 

Me era tan inexpresablemente agradable, deleitable y consolador reposar sobre sus rodillas de Madre, que todo lo que se pudiese encontrar en el hombre y en el mundo me parecía amargo e insípido.

 

La amorosa Madre me dijo que debía mantenerme apartada de las gentes, a fin de que, en el perfecto silencio y en la soledad, me fuese posible tener mi conversación y mi trato con ella.

 

La Santísima Virgen me dijo que tenía la intención de mostrarse, en lo sucesivo, muy amorosa y familiar en sus relaciones con nosotros, a la manera de una amante Madre con relación a su hijo muy amado.

 

Este reposo sobre las divinas rodillas duró algunas horas, y la amorosa Madre me dió a conocer entonces que el Hermano Carlos se regocijaba en Dios y que estaba en el Cielo, como lo he escrito con más extensión en otro sitio.

 


 

45. Impulsada a vivir en María, el alma permanece en ella como arrebatada
[II, c. 227, p. 353]

 

El 5 de abril de 1669 me ha venido de nuevo esta inspiración dé vivir en, por y para María al mismo tiempo que en Dios, por y para Él; cosa de la cual ya he hablado con más extensión y detenimiento a Vuestra Reverencia.

 

Gozo de ella y estoy unida a ella muy eminente, pura y simplemente, de una manera por completo abstracta y espiritual, en espíritu y sin intermediario, como si ella no formase más que uno con el Ser sin imagen de Dios. En efecto: el alma, Dios y María no son entonces más que una sola cosa, desde el momento que mi alma se encuentra sencillísima y profundamente absorta en

Dios y en María.

 

Esto tiene lugar, sobre todo, me parece, durante la plegaria, y se acompaña de ciertos efectos extáticos, porque hay entonces, más que en el pasado, insensibilidad y parálisis del cuerpo, suspensión sensorial, sueño de las potencias y otras cosas semejantes. El alma parece conducida fuera del cuerpo y corre el peligro de confusión, principalmente al recibir la Santa Comunión, porque me cuesta volver en mí y no tengo ya la fuerza o la presencia de espíritu para abrir la boca.

 

Aunque todo esto no dure mucho tiempo, comienza, de ordinario, por una cierta superabundancia y por una llamarada de amor hacia Dios y hacia la amorosa Madre, con estremecimientos interiores y una exaltación del corazón, al mismo tiempo que me siento completamente vencida por un amor dulce, tierno y, sin embargo, vigoroso. Y de este amor estoy espiritualmente embriagada, o al menos muy alegre en el espíritu, como si todas las potencias del alma, tanto inferiores como superiores, hubiesen sido copiosamente alimentadas y saciadas.

 


 

46. Fruición de Dios y de María en su unión. A veces Jesús, María y José
vienen a ser, en su unión, un objeto único de contemplación

[II, c. 228, p. 353-355]

 

Esta fruición y unión en Dios y María tiene lugar, por así decir, sin imágenes, porque todo se opera de una manera muy elevada, muy en espíritu y abstraída de todo lo que pudiera caer en el dominio de la imaginación y de la sensibilidad.

 

Existe sólo, todavía, una espiritualísima memoria o recuerdo de Dios y de María unida a Dios y en Él. Y, de acuerdo con esta contemplación y con este pensamiento, que nos muestra a María una con Dios, nuestro amor también se desliza y se inflama por entero hacia Dios y por entero hacia María como hacia un solo y simple objeto.

 

Pasa lo mismo en nuestra vida de cada día, cuando elevo hacia Dios una mirada de amor, deseosa de hacer todas las cosas que a Él gusta que haga o que no haga. Porque entonces, esta mirada alcanza al mismo tiempo a la amorosa Madre, en una grandísima sencillez, tranquilidad y certeza interiores.

 

Y, por consiguiente, esto me parece ser una perpetua contemplación, una perpetua fruición y unión en Dios y con María en Dios. Porque mi alma no es, por así decir, susceptible de ser separada de su contemplación, por el hecho de que la memoria, la inteligencia y la voluntad se encuentran en todo esencialmente adheridas a Dios y a María, en los cuales su recuerdo, su conocimiento y su amor están como insertados.

 

Por medio de palabras no me es posible hacerme comprender más, ni tampoco decir la manera según la cual me siento poseída, conducida y vivida por el espíritu de María. Y también deberá quedar en mi pluma el modo cómo yo recibo en mi alma el influjo divino de su espíritu y por su espíritu.

 

A veces está incluido en este trato el amoroso padre San José; pero esto no sucede a menudo.

 

En verdad, son cosas maravillosas las que pasan en mí, de las cuales nunca he leído ni oído nada. Incluso creo que sería difícil dar fe a ello si no se hubiese tenido alguna experiencia de semejantes cosas. Y, sin embargo, ello es así. Mi bien-Amado sabe que no miento. ¿Pero qué palabras encontraría para expresar estas experiencias y para hacerlas comprender? Yo no las encuentro, y solamente de lejos, a manera de enigma o de semejanza, puedo expresar la realidad de lo que sucede.

 

Jesús, María y José están entonces tan simple y espiritualmente en la mirada y en el conocimiento de la inteligencia, y tan simple y espiritualmente también en la memoria y en la voluntad, que parece que los tres no son más que uno solo.

 

Porque en estos tres seres se encuentra una maravillosa correspondencia de voluntad y de amor; y no solamente una concordancia, sino una incomprensible unión en el lazo de amor y en la unidad de espíritu. De modo que los tres no son más que uno solo y mismo espíritu, ya que María y José están revestidos, llenos y saturados a la vez, del Espíritu divino y del espíritu humano de Jesús y, en este sentido, unidos y formando una unidad con Él.

 

Y es así como ellos son objeto de mi mirada interior y de la adhesión de mi amor.

 

Me parece que hay allí, en cierta manera, otra especie de Santísima Trinidad: tres, pero uno sólo; y uno trino; no esencialmente por su naturaleza, sino por participación de la gracia y por una acción y transformación realizada por el Espíritu divino.

 


 

47. Luz sobre la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.
Deseo de la proclamación del dogma
[II, c. 229, p. 355]

 

El 12 de noviembre de 1668, viendo que se hacían los preparativos para festejar triunfalmente el día de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen Madre de Dios, fue embargada por una excepcional satisfacción de inmensa alegría, de la que el corazón parecía desbordar.

 

Entonces el Bien-Amado y, sobretodo, la amorosa Madre, me han dicho o hecho ver clarísimamente la verdad de este misterio: que fue concebida sin la más pequeña mancha, por la gracia de Dios Todopoderoso. Porque Dios, habiéndola, desde toda la eternidad, elegido para ser su Madre, no ha permitido ni querido que este germen bendito fuese ni un solo instante manchado o concebido en el pecado.

 

Mi amorosísima Madre me ha dicho expresamente que esto era verdad y me lo ha afirmado con tal certidumbre y sin temor de la menor duda que, incluso en este momento - y hace de esto diecisiete días -, estoy presta a dar mi sangre para atestiguar y defender todo esto.

 

También me parece extraño que se pueda encontrar todavía alguna persona que no acepte con todo su corazón esta verdad de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios, y me ha venido un ardoroso deseo de rogar a Dios que se digne inducir con fuerza a Su Santidad el Papa de Roma a no dilatar más y a proclamar esta verdad como un dogma de nuestra santa fe.

 


 

48. Es confirmada sobre el misterio de la Inmaculada Concepción
[II, c. 233, p. 359-360]

 

«Dios obra a veces de diversas maneras sobre las potencias de mi alma. Pero entonces permanezco pasiva, muy resuelta a mantenerme en la inconmensurable grandeza de Dios.

 

Primeramente, Él me infunde un tierno, dulce y filial amor hacia la amorósa Madre y me dicta exclamaciones amorosas.

 

Confirma también las iluminaciones que conciernen a este eminente misterio de la Inmaculada Concepción, como me sucedió ya hace un año día tras día. Recibí todavía una moción poderosa estimulándome a rogar por diversos objetos con una experiencia y un sentimiento cierto de ser a menudo escuchada favorablemente. Un gran deseo me vino y rogué con ardor y supliqué a Dios que se dignase inspirar al Papa y moverle irresistiblemente a definir el misterio de la Inmaculada Concepción y a proclamarle como un dogma de fe.

 

«Señor; vos sabéis por qué la Santa Sede tarda tanto tiempo en proclamar esta verdad. Y, sin embargo, mi Bien-Amado y la amorosa Madre me han dado de esto un conocimiento tan auténtico, una certidumbre interior, todo con tanta evidencia, que estoy presta a confesar esta verdad al precio de mi sangre y de mi vida» (extracto de una carta fechada en noviembre de 1668).

 

No sé por qué tengo tanto celo, atracción y devoción por ese misterio: y mucho más que por cualquier otra fiesta de la amorosa Madre. Durante algunos días que preceden a la fiesta y luego el mismo día de la fiesta, siento en mí una alegría del cielo que se manifiesta y se esparce por todo mi ser, incluso exteriormente. Mis hermanas no han dejado de apercibirse de ello, porque estoy cómo privada de razón a causa de este amor hacia nuestra amorosa Madre, que llamo «mi Paloma» (cf. Cant. 6,9), en un sentimiento de tiernísima afección.

 

Eso me parece producir un nuevo espíritu y un gran aumento de gracias, que me empujan, sobre todo, a amar con ardor a Jesús y a María.

 

Este amor me conduce a agradarles en todo lo mejor que puedo, tanto interior como exteriormente. Me empuja, además, a imitar sus virtudes de una manera perfecta.

 

De aquí nace un gran celo por todo lo que les concierne; a saber: el celo por el bien de las almas en general y, más particularmente, el celo por el bien de nuestra santa Orden, porque ésta pertenece especialmente a la amorosa Madre y es su Orden.

 


 

49. Nuevo aprecio de la intervención mariana. El alma comprende que
María está siempre dispuesta a socorrerla
[II, c. 236, p. 362-363]

 

El día de Santa Águeda [5 de febrero] del año de 1669, la amorosa Madre se me apareció de nuevo.

 

Comenzó la aparición por la mañana, mientras leía el oficio, y continuó durante la oración siguiente.

 

Empezó a manifestarse por una invocación inesperada y espontánea, tan dulce y tierna como nunca había hecho desde hacía mucho, al tiempo que experimentaba una inocente atracción de hijo hacia su Madre, porque éste era el nombre que yo la daba.

 

Esta presencia me era completamente nueva y soberanamente agradable, porque me parece que hacía ya dos meses que no la había visto cerca de mí y que no había sentido su dulce presencia, ni su amorosa y maternal complacencia. Y, sin embargo, me sucedía a menudo - yo creo - gozar de esta gracia, antes que fuese desposada con mi Bien-Amado.

 

Pero comprendo muy bien ahora que si ella me había retirado sus maternales visitas y su presencia frecuente, no era porque hubiese una disminución de afecto maternal, ni incluso que cualquier falta de mi parte la hubiese hecho retirarse o alejarse de nosotros. Sin duda le he dado, en diversos momentos e indirectamente, la ocasión de apartarse de nosotros a causa de mis imperfecciones diarias y porque, en todo lo que debía de hacer u omitir, no me he comportado siempre tan puramente como se me había indicado por las instrucciones que, muy indignamente, recibí de ella hace algunos meses.

 

Pero, a pesar de eso, su extraordinaria benevolencia y el maternal afecto que muy especialmente parece tener por nosotros le han impedido considerar con demasiado desagrado todas nuestras deficiencias, sabiendo muy bien, por otra parte, la fragilidad de la naturaleza humana y que también por la gracia de Dios las intenciones de mi corazón fueron siempre recta.

 

Pero ella ha permanecido lejos de nosotros, ya no me ha visitado ni concedido sus cuidados y, en una palabra, no obraba ya con nosotros como en otro tiempo porque parece que ahora no es tan necesario. Y ella me deja sola con mi divino Desposado.

 

Pero en cuanto se presenta la menor necesidad de atestiguarnos su maternal afecto, de prodigamos sus cuidados y auxilios, me doy cuenta en seguida que ella no me ha olvidado, que sus ojos de Madre están siempre fijos en mí, y que al menor peligro, al menor asalto del espíritu maligno, estaría pronto presta a socorrerme, a venir a consolarme o instruirme, a reconfortarme y a fortalecerme contra todas las asechanzas y engaños del Enemigo o de mi propia y corrompida naturaleza, pues ésta también no es más que una enemiga.

 

Es, pues, en su honor y en su gloria por lo que diré estas cosas que me parecen muy evidentes, a fin de que Vuestra Reverencia quiera alabarla y darle las gracias conmigo, y también para que Vuestra Reverencia encuentre en ello un nuevo estímulo y tenga gran confianza en la amorosa Madre, buscando como un niño, muy sencilla y afectuosamente, su refugio cerca de ella, haciéndole también conocer plenamente y con toda confianza nuestras necesidades, tanto las íntimas como las demás.

 

Porque he comprendido que esta manera de obrar le agrada mucho.

 


 

50. Confirmación y justificación de esta intervención de María
[II, c. 237, p. 363-364]

 

Mi Reverendo Padre, no puede temer ni un solo instante que en todo esto haya habido algún engaño del enemigo o bien que no hubiese sido más que una simple impresión mía o el producto de un trabajo del pensamiento y de la imaginación. La realidad me parece tan alejada de todo eso como el cielo lo está de la tierra.

 

Sí, me parece imposible creer que fuese cualquiera de todas estas cosas que acabo de enumerar, y para ello tengo muchas razones que quiero exponer aquí.

 

Primeramente, no puede ser que sea producido por la inteligencia o por la imaginación, porque éstas, durante todo este tiempo, salían como impulsadas, pareciendo preocuparse de otras cosas, y un poco distraídas y meditando sobre materias muy ajenas. Esta disposición, por otra parte, me causaba preocupación y era muy incómoda porque así me era imposible mantener estas facultades en la calma y el recogimiento.

 

Me parecía fuera de razón y contrario al respeto debido que en un tal momento en que se reciben semejantes gracias y en que se goza de esta majestuosa y superamorosa Presencia, estas potencias haladas fuesen tan resbaladizas y un poco disipadas, cuando hubiese sido conveniente que en tal circunstancia fuesen, al contrario, muy atentas, recogidas y silenciosas. Pero sin duda ha querido el Bien-Amado que fuese así, a fin de poder hacer mejor la distinción y de ser capaz de llegar sucesivamente a un conocimiento más claro de la verdad, permitiéndome explicar y certificar mucho mejor a Vuestra Reverencia.

 

Entonces he dejado correr el pensamiento y la imaginación, y he hecho esfuerzo por no ocuparme ya de ellas, permaneciendo con la sola potencia afectiva - en toda sencillez y ternura -, orientada hacia mí queridísima Madrecita, reposando ya sobre su rodillas, ya sobre su seno, a la manera por así decir de los niñitos a los que su madre coge en los brazos. Le hablaba con un sentimiento de dulce y tierno amor, pero las palabras no eran pronunciadas o incluso formadas más que a medias, como Vuestra Reverencia lo tiene descrito en la introducción del IV Tratado [Introductio in terram Carmeli].

 

Decía yo, entre otras cosas: «Mi amorosa Madrecita, ¿dónde habéis estado todo este tiempo? ¡Cuánto hace que no os he tenido cerca de mí! ¿Cómo es que no venís a mi casa como acostumbrabais? ¿Es que no soy Vuestra hija? ¿Y no sois Vos mi querida Madrecita?»

 

Sus respuestas a mis palabras eran ciertos conocimientos y ciertos sentimientos infusos en el alma o en el corazón, que me daban una señal cierta de que todo estaba muy bien y que, en la necesidad, ella me asistiría todavía como una Madre amante, tal como lo hacía en este momento.

 


 

51. Súplica a María. Luz en relación con un estado más perfecto de pureza interior y de humildad
[II, c. 238, p. 364-366]

 

Le suplicaba todavía vivamente que se dignase enseñarme a agradar más perfectamente a mi divino Desposado, diciéndole:

 

«Buena Madrecita, Vos sabéis mejor lo que es agradable a mi Bien-Amado; sabéis plenamente su amorosa voluntad. Queridísima Madrecita, dadme Vuestro espíritu de sumisión, a fin de que no llegue a usar mal de los favores y de las gracias divinas ni menoscabarlas. Haced que siempre pueda agradar a mi Bien-Amado...».

 

Le dirigía frecuentemente estos ingenuos apóstrofes, pero eran más íntimos y menos expresamente formulados. No me parecía necesario expresar con toda amplitud mis deseos y apetencias de niño, pues el amor sabe bien hacerse comprender y la amorosa Madre, viendo incluso el fondo del corazón, sabe bien sus amorosos y deiformes deseos y afectos. Y el alma estando así restablecida en su maternal disposición, puestos sus cuidados y su amor en ella, sabe con entera confianza que la Virgen Santísima hará lo que es preciso, sin que haya necesidad de palabras inoportunas. Por otra parte, esto no estaría en los modales de los niños buenos y bien educados. Le basta al alma saber que su buena Madrecita es muy benévola y llena de amor maternal, y que cuando quiera sabrá orar como una verdadera Madre.

 

Estés conocimientos infusos, que me parecía recibir de mi dulce y querida Madrecita, contribuyeron mucho a darme una mayor y más perfecta humildad y a simplificar todavía mis potencias internas. Produjeron también otros conocimientos que me es difícil trasladar en palabras. No he podido retener más que la sustancia, a saber, que me dejan entrever una pureza interior más perfecta que nunca se alcanza enteramente, por mucho que vivamos aquí abajo, pero en la cual hay medio de crecer, lo mismo que en el amor de Dios y en el conocimiento de sí.

 

Me parece que ella me enseñaba a mantener muy secretos los favores y las gracias de Dios, y que era preciso guardarme de decir jamás ciertas cosas que podrían tender a mi propia alabanza, o de alabarme de, cualquier cosa - aunque fuese ingenuamente o por inadvertencia -; porque el Maligno encontraría en ello ocasión de tentarme y de asaltarme. Me dijo que yo había estado a veces equivocada a este, respecto, y que era preciso corregirme de eso con una mayor atención, y prudencia.

 

Esto me ha inducido vivamente a rogar a Vuestra Reverencia que no dé a conocer a nadie, en tanto que yo viva, los favores y las bondades con las que Dios ha colmado mi alma, a no ser que haya necesidad de hacerlo para tomar el parecer de un hombre de experiencia o de ciencia. Pero es preciso entonces haber experimentado su discreción, porque si n. las gentes acaban por saberlo y esto causarla perjuicio a mi alma. Y sentiría mucho que sucediese tal cosa por falta de Vuestra Reverencia. Si insisto es sencillamente porque sé que no soy muy humilde.

 


 

52. Confirmación por los efectos de la realidad de estas enseñanzas marianas
[II, c. 239, p. 366]

 

Lo que todavía me asegura y confirma que todo esto no fue una astucia del enemigo es que mi alma recibió entonces una unción que produjo en ella efectos muy divinos, así cómo una disposición virtuosa eminente y que ambas perduraron después.

 

He aquí, por otra parte, cuáles fueron sus efectos: un humilde, dulce y tranquilo amor hacia esta amorosa Madre; el sentimiento dulce e íntimo de ser reducida a nada y de ser llevada a toda clase de humillaciones y de sumisiones; una observación y una vigilancia estrecha ejercida sobre mí misma; una mediocre estima y desconfianza de mí misma y, por el contrario, una alta estima de los demás; en fin, me siento atraída e instruida a amar con un muy puro amor a Dios y a la amorosa Madre y a cerrar mi corazón, y mi sensibilidad a todo lo que no es Dios.

 

Igualmente me ha venido un amor nuevo que no ha pasado todavía, una vida nueva, un nuevo atractivo filial por esta dulcísima Madre, y también un respeto reverencial y amoroso. Ensalzo con una nueva veneración su excepcional grandeza y su poder cerca de Dios: porque todas las veces -como ya he dicho- me parece recibir nuevas gracias, nuevos conocimientos y una nueva luz que me permite aprehender mejor la verdad y conformar más fácilmente a ella mi vida.

 

Todos son efectos que, me parece, no querría el Maligno producir en el alma, lo mismo que esta paz profunda que he sentido entonces y después en el fondo de mi, y que me dejaba el sentimiento muy puro y calmado de no tener otra inclinación que hacia Dios solo y hacia la amorosa Madre.

 

Otra consecuencia fue todavía una dulce y amorosa confusión ante el pensamiento de que esta sobreeminente Reina de los Cielos, esta Madre virginal de Dios, tan elevada y establecida en tan alta Majestad, se hubiese dignado descender de tal suerte hasta mí, gusano miserable, que nunca ni en nada he merecido de ella todos estos favores.

 


 

53. En una tentación de vanagloria, toma su refugio en María, que se manifiesta
presente en su alma y confirma la certidumbre de esta manifestación
[II, c. 240, p. 367-368]

 

He aquí la causa de esta visita que me hizo la amorosa Madre. La víspera, por la tarde, había tenido el alma pesada y como oprimida porque había sentido, de una manera completamente desacostumbrada, movimientos espontáneos de vana complacencia o de vanagloria. Eso me habla espantado y temía que en estado de mi alma no fuese bueno y que fuese retrocediendo en materia de humildad y de conocimiento de mi «nada». Nunca, en efecto, antes de ese día hubiera podido hablar de tales sentimientos.

 

Me vino entonces este pensamiento: «¿Cómo - me decía yo - habiendo experimentado en tan múltiples y diversas circunstancias el socorro de la amorosa Madre, dignándose curarme de alguna grave enfermedad o sufrimiento del cuerpo, cómo no me atestiguaría mucho más todavía su maternal afecto librándome de esta enfermedad, de este tormento del alma?» (Porque, hace diez días, ella me había curado de una seria enfermedad, como relataré más adelante.)

 

Determiné, pues, rogarle muy humildemente e importunaría con afectuosa insistencia, como un ingenuo niño. Me quejaba dulcemente a ella, haciéndole conocer el estado de mi alma afligida y ansiosa, y el temor de que estos vanos pensamientos hiciesen daño en mi alma, ofendiendo de alguna manera la humildad y el amor de Dios y conduciéndome así a desagradar a mi Bien-Amado. Y yo me quejaba ininterrumpidamente.

 

Por la mañana, durante el Oficio, he vuelto a sentir su amorosa presencia en mi espíritu, porque es solamente la mirada de mi alma quien la veía, y muy próxima a mí. Como ya he dicho, esta visita me ha traído un gran bien de consuelos, de afirmaciones, de instrucciones espirituales, dejando en mi alma frutos muy sensibles que desde entonces, no hacen más que crecer cada vez más.

 

Hoy, mientras me entregaba a la oración, el Maligno ha querido tentarme, diciéndome que, en esta revelación que acabo de contar, había sido engañada, y otras cosas por el estilo. Yo veía bien de dónde venían estos pensamientos. Venían del exterior, mezclados a un cierto miedo de la inteligencia y no del fondo del alma; lo que constituía una prueba más de su origen.

 

A pesar de eso, insistí todavía cerca del Bien-Amado para saber si había tenido ilusión ó no. Y mi Bien-Amado me ha certificado y confirmado la cosa dé una manera tan cierta qué me hubiese sido imposible desear una confirmación más fuerte de la realidad de todo eso. Hizo brillar en mí una claridad interior o una luz que bañaba mi alma de una manera tan dulce y amorosa que no sé a qué compararla.

 

Me parecía que esta luz era como un lazo dulcísimo e indeciblemente amoroso que me unía a Dios, me ataba y me ligaba en una dulce e íntima paz. Y por allí desaparecieron pronto todas las segundas intenciones y todas las dudas: y mi espíritu recibió un sólido testimonio de que yo era una hija de Dios. Lo que confirmaba las palabras del apóstol: El Espíritu atestigua en nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Rom 8,16).

 

Pero al lado de eso experimentaba también de manera muy evidente que Dios estaba verdaderamente presente en mí. Sí, esta experiencia de Dios era tan cierta que me parecía estar toda llena de Dios, y que en mí no parecía estar más que Dios sólo.

 

Y comprendiendo por eso que poseía en mí todo Bien, fui por ello muy satisfecha y saciada, sin que me fuese posible anhelar o desear más. ¡Oh!, ¡que espíritu de dulzura, de paz y de humildad me ha quedado de todo esto! ¡Qué eminente pureza de corazón, qué menosprecio de mí misma y de todas las criaturas fuera de Dios! Todo eso es ahora una cosa muy distinta que antes. ¡Pero cuánta bondad nos atestigua el Bien-Amado, cuánta prontitud en socorrernos, en consolarnos, en reconfortamos! ¡Cuán fiel y reconocido hay que estar hacia Él! ¡Y qué confianza no tendré en mi Bien-Amado y en mi amorosa Madre!

 


 

54. Temiendo que la enfermedad la conduzca a materializar su vida interior,
ruega a la Santísima Virgen le devuelva la salud y se vea curada
[II, c. 241, p. 368-369]

 

El día de la festividad de San Juan Crisóstomo, 27 de enero de 1669, sentí mi espíritu entorpecido y como consumido por una nueva enfermedad.

 

Este mal, que se había apoderado de mí desde hacia algún tiempo, crecía de día en día y me era muy incómodo, porque, primeramente, ocasionaba grandes cuidados a mis hermanas, muy atentas en satisfacer mis gustos naturales y aliviar mi malestar. Y yo temía mucho que esto fuese un alimento dado a mi naturaleza corrompida y un obstáculo a mi avance espiritual. Y, además, soy tan imperfecta todavía que, en tales ocasiones, estoy demasiado ocupada de mi misma y pienso en ello demasiado. Me siento entonces, por amor propio, impulsada hacia mí misma y llena de cuidados, etc., más que el espíritu lo permite.

 

He aquí cuál era mi enfermedad. Desde el momento que había tomado un poco de alimento, cualquiera que fuese, me encontraba pronto en el estado de aquel a quien una gran fiebre quema todo el cuerpo, aun cuando el tiempo fuese muy frío. Todas mis fuerzas me abandonaban hasta el punto que apenas me era posible desplazarme de un sitio a otro sin experimentar una extrema opresión en el pecho y una dificultad excesiva en respirar, como el que está a punto de morir...

 

Entonces, según mi costumbre, como un niño, he buscado amparo en la amorosa Madre, quejándome dulcemente a ella y diciéndole el temor que tenía de que el Malvado encontrase en todo esto grandes ventajas, como acabo de explicar. No estaba tan enferma como para estar constantemente cuidada, pues este mal no duraba más que algunas horas, y después de eso mi estado volvía a ser completamente normal. Pero las hermanas no querían comprender eso.

 

Entonces he dicho: «Amorosa Madre mía, aconsejadme; dejadme que caiga completamente enferma o curadme totalmente. No es posible continuar viviendo de esta manera, porque mi alma cada vez es más débil en su movimiento hacia Dios y en su amor a Él, a causa de las imperfecciones que, sin que lo pueda prever, se insinúan en ella».

 

Y he aquí que desde este momento no he vuelto a sentir nada de lo que acabo de describir; hasta ahora me siento libre de todo eso. Estoy convencida que mi querida y amorosa Madre me ha curado. Bendita sea por toda la eternidad. Amén. A 8 de febrero de 1669.

 


 

55. Percepisce la Madre amabile e il padre amabile e di essi fruisce unita a loro
[II, c. 250, pp. 381-382]

 

Mater amabilis et pater amabilis sunt supercomprehensi, obumbrati et absorpti a divinitate et quando ut sic se mihi manifestant et meum erga se amorem et attentionem tam fortiter attrahunt et alliciunt, tunc quasi non habeo remanentem seu vividam. eorum repraesentationem, sed fluunt, terminantur et remanent omnia in principali obiecto, in divino Uno et Omni, attamen absque totali amissione aspectus ad ipsos. Memoria eorum et erga eos amor seu perceptio illorum versatur circa illos ut conclusos, supercomprehensos et unitos cum divina essentia, atque hoc modo contemplor et aspicio illos in Deo, fruor illis in Deo et per amorem et unitatem spiritus sum cum illis unita in Deo. Hoc est, quod de istis scio explicare.

 

Restat adhuc notandum, quod ex parte mea illis nihil possum adimere vel addere; v. g. quando Mater amabilis sola apparet, tunc non est in mea potestate patrem amabilem ibi habere adiunctum vel praesentem vel etiam eum aliquo modo habere in memoria vel in mente, neque ad hoc est ulla anhelatio, eo quod colligam Deo tunc nihil aliud placere. Ista fiunt praecise tantum et tantum non; quando autem transacta sunt, tunc in illis sum adeo otiosa et ab illis denudata, quasi non fuissent, et vix ullam ad ista habeo reflectionem, nisi quando ista gratia fruor; extra quod tempus relinquor in paupertate et nuditate spiritus, sine ulla perpeptibíli inoperatione et influxu divinarum gratiarum, quamquam tunc communiter remaneat essentiale seu immanens lumen divinum, resplendens in interiori homine, animam quasi manuducens et dirigens ad quaecunque deiformia.

 

Multo minus propter illius gratiae carentiam aut subtractionem potest anima advenire aliquis dolor, anhelatio, desiderium aut inquietudo, nam mea quietudo et satisfactio non videtur esse fundata in fruitione divinorum charismatum aut donorum sed in Deo ipso et in perfectissimo illius beneplacito.

 

A paucis diebus interius instruebar, quod quando sic sum derelicta in paupertate et nuditate spiritus, tunc debeam me gerere valde quiete et me conservare in meo nihilo, bene contenta et satisfacta, mihi complacendo et gaudendo quod Deus in seipso sit omne bonum; quod ipse sibi solus sufficiat, quod ipse se solo sit contentus et infinite satisfactus; ei gratias referendo, quod ipsi placuerit omnem effluxum gratiarum, donorum et luminum ad seipsum retrahere cum cordiali propterea exultatione et gaudio, eo quod gratiae, dona, etc. ipsius melius et securius in eo conserventur quam in me, quae illis saepe abutor.

 


 

56. Amore della Venerabile verso Maria senza vedere immagini sensibili
[II, c. 262, pp. 396-397]

 

Quando mihi conceditur frui gratiosa praesentia Dei in anima mea, percipio subinde, imo valde saepe, etiam fruitionem praesentiae amabilissimae Matris nostrae Mariae; non quod habeam aliquas corporales imaginationes vel repraesentationem personae istius, prout eam videmus in picturis expressam; non sic, sed alio modo. Est aliquid quod apparet et se manifestat in essentia Dei, quod mihi ingerit certissimam cognitionem et perceptionem praesentiae illius in Deo.

 

Inde allicior ad tenerum amorem, ad magnam reverentiam et simplicem intuitum ad ipsam, modo tamen, uti dico, corporeis oculis invisibili, sed in veritate visibili oculis mentis, modo valde occulto et ignoto. Videtur mihi quod eius praesentia tunc in anima mea conferat quasi maiorem maiestatem et gloriam; iam videor incipere gustare aliquid eorum, quae exspectamus post hanc vitam.

 

Sed quis mihi credet? Nonne aliqui cogitabunt me mentiri vel aliqua vana imaginari, quod dicam me Matrem amabilem clare videre in Deo, in magnitudine, in immensitate Dei et quod cum omni certitudine ibi eius fruar praesentia et tamen nullam habeam corporalem praesentiam? Quiquid hoc sit, videtur esse contradictio; attamen sic est, sed hoc: relinquo iudicio Reverentiae Vestrae.

 

Ab illo tempore dum genuflecto ante eius imaginem ab ea postulans benedictionem pro custodia cordis, etc. vel aliquid ab ea petens pro Reverentia Vestra vel aliis, meus animus et aspectus quasi efficaciter introtrahitur in fundo seu spiritu in Omni cum certa apparitione et visione amabilis eius praesentiae in Deo, ubi audio quasi cum allocutione seu claro testimonio proveniente ex fundo seu spiritu: Bene, ubinam quaeris me? Non longe absum a te; ecce, sum hic. Tunc est mihi poenale aspicere ad eius externas imagines; eius essentia, eius pulchritudo, eius praesentia, quae in fundo seu in spiritu videtur, attrahit primo momento, primo ictu oculi totam animae conversionem ad se, absque ulla ad aliqua exteriora adhaesiva reflectione.

 

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CAPITULO III

EL TERMINO DE LA VIDA MARIANA

 

57. Toda abandonada a su propia naturaleza, se ofrece a Dios para servirla sin recompensa. Se queja dulcemente a la amorosa Madre de que no la visita ya
[II, c. 254, p. 386-387]

 

Algunos días antes de la festividad de la Visitación de la Santísima Virgen [2 de julio], en 1669, me sentí toda abandonada a mí misma. Me encontraba a menudo en tales tormentos de alma, en tal tristeza y sufrimiento corporal, que el mundo me parecía demasiado estrecho. Tanto la naturaleza como el espíritu estaban como apresados en un torno o aplastados bajo una prensa. Por todas partes parecían inundadas de dolores, en el interior como en el exterior. Temía la hora de la comida, a causa dcl dolor que sentía en la boca al comer. No podía dominarme y las lágrimas se deslizaban por mis mejillas mientras tomaba el alimento.

 

Dije a mi Bien-Amado:

 

«Sé, Amado mío, que todo esto no es más que una invención del amor, y que me tratáis de esta manera a fin de probar mi afecto. Ahora os escondéis; pero es para que vuestro regreso y la vista de vuestro rostro me sean mucho más suaves. Estoy contenta. Puesto que no os agrada ya acogerme como a una esposa, consiento en esta privación hasta el fin de mis días. Estoy presta a pasar esta vida como un bravo y buen soldado, sirviendo a vuestra Majestad a mis expensas, sin tocar el sueldo de vuestras amorosas caricias. Entonces erais Vos quién estabais a mi servicio, si no es demasiado osado hablar así. Pero ahora soy yo quien os sirve, y puramente por amor».

 

Reflexionando sobre el estado en que estoy, me he extrañado de haber estado tanto tiempo sin recibir ni percibir nada de nuestra amorosa Madre. Me he preguntado si quizá alguna cosa la había alejado de mí. Es cierto que la sentía todavía en mi corazón y que ella estaba en él con una calma y un sentimiento afectuoso. Pero estaba, más bien, como una madre ausente y alejada, con la que ya no se está en comunicación y de la que no se tienen noticias.

 

Sin embargo, me consolaba diciéndome:

 

«Mi Madre querida está satisfecha porque su Hijo está cerca de mí; y si su presencia me fuese necesaria, no dudo que vendría pronto y se me aparecería como acostumbraba, puesto que me lo tiene prometido».

 

Esto pasaba  la víspera del día de la Visitación [1 de julio].

 


 

58. Transformación en Dios y en María. Vida en Dios por María
[II, c. 255, p. 387-388]

 

El día de la Visitación de la Santísima Virgen [2 de julio de 1669] he sentido encenderse e inflamarse en mí un fuego de amor por ella al mismo tiempo que por Dios, y mi corazón ha recibido una suave herida.

 

Mientras me estaba preparando para la santa comunión, me vino el pensamiento de unirme a ella en Dios y con Dios. Me parecía transformarme y cambiarme en Dios al mismo tiempo que en María, de una manera muy elevada y espiritual que me es imposible calificar de manera muy precisa. Sentía que era completamente poseída por Dios y por María; que por María recibía de Dios la vida sobrenatural en mi alma, de suerte que me parecía vivir, obrar y amar por Dios y por María. Dios, María y el alma, los tres, parecían fusionados, unidos en uno solo por el amor.

 

Cuando estaba a punto de recibir la santa comunión, he visto a mi querida y amorosa Madre que se encontraba cerca de mí, a mí derecha, y también a su queridísimo Hijo Jesús; pero éste estaba colocado delante de mí. He creído dar mi corazón a la amorosa Madre, a fin de que ella se dignase dárselo a Jesús, mi Desposado. La rogaba dulcemente me concediese la gracia de renovar mi matrimonio con su Hijo único, mi Muy-Amado. Sin saber cómo esto se realizó, he visto que mi mano derecha estaba posada sobre la de Jesús. Y he comprendido que ello constituía la renovación de un verdadero matrimonio con Él - según ya he descrito con más extensión otra vez.

 

En cuanto hube recibido la santa comunión, esta visión imaginativa de Jesús y de María desapareció; y yo permanecí en una profunda y pasiva unión y fruición del Bien eterno, infinito y sin imagen, el supremo Bien. La Santísima Madre de Dios, nuestra Madre, parecía comprendida en esta unión y en esta fruición, de una manera eminentemente sencilla, abstracta y espiritual, aunque no permanecía, por así decir, ninguna representación imaginativa de ella en mi espíritu.

 

Me parece que esto se obró muy pasivamente por Dios en el alma, y que nada de lo que procede de mí está en ello mezclado; porque todo esto se opera de una manera demasiado pura. Me doy cuenta que me sería imposible entonces tener o formar la menor representación sensible de la amorosa Madre. Pero esto que Dios me da a gustar de ella me llega por mediación de un pensamiento muy abstracto, por una pura intelección y por un amor de fusión en Dios y en ella.

 


 

59. Su amor hacia la Santísima Virgen se renueva con el pensamiento de esta gracia recibida. En reconocimiento, ofrece a Dios la Persona y los méritos del Verbo encarnado y de la amorosa
Madre. Ruega por la permanencia de los efectos del matrimonio místico
y entrevé la forma en que morirá
[III, c. 3, p. 5-6]

 

La víspera de la Visitación de la Santísima Virgen, en 1670, así como el día mismo de la festividad [2 de julio], me vino un nuevo ardor, y las llamas del amor divino se elevaban también hacia nuestra amorosa Madre, porque me acordaba que hace un año, en fecha similar, esta dulce Madre me había concedido la gracia insigne, el favor divino de la renovación de mi solemne unión nupcial con Jesús, mi Bien-Amado.

 

Al recordar este hecho, un reconocimiento extraordinario subía de mi corazón hacia la amorosa Madre y hacia Jesús, que se dignó aceptarme como esposa, a mí, tan miserable criatura. Entonces tuve con Él muchos coloquios de amor, cuyo recuerdo no me es, sin embargo, muy preciso.

 

Y he percibido en el alma un gran número de comunicaciones divinas que también están un poco confusas en mi memoria y que no sabría relatar en este momento. Todo lo que puedo decir es que era yo semejante a un inmenso horno de amor divino, en donde todo mi ser se consumía en Dios, sin ser, sin embargo, destruido, ya que existo todavía y no he sufrido esta muerte de la carne que me sería tan dulce y deseada.

 

Me vino la idea de buscar lo que mejor y más agradable podía ofrecer al Bien-Amado, en reconocimiento de semejante beneficio. Y he creído que no podía hacer otra cosa mejor que ofrecer a Dios su propio Ser, con los méritos del Verbo Encarnado, y el amor y los méritos de mi amorosísima Madre.

 

El espíritu de amor brotaba con fuerza y suplicaba en mí con insistencia a fin de que fuesen fortificadas para siempre mi fe nupcial y mi amor. Y eso parecía realizarse verdaderamente.

 

No sé lo que hay que pensar de todo esto. ¿No será que el tiempo de mi disolución se aproxima? Porque las llamas del amor brotan de nuevo con violencia y, por otra parte, se me representó hoy, de una manera vivísima, el modo de esta disolución. Era como si estuviese en trance de morir. ¡Ah, si me fuese concedido - y a todo el mundo conmigo - separarme así de la vida! ¡Qué felicidad sería morir de esta manera!

 


 

60. Razón por la cual la Santísima Virgen apenas la visita ya
[III, c. 5, p. 8]

 

Un día presentaba a la amorosa Madre nuestro alimento a fin de que lo bendijese. Y mientras hacía esto, que ella misma me había enseñado, me vino de repente al pensamiento la idea de que la amorosa Madre no venía tan a menudo como otras veces; y me sorprendía de no gozar ya de su presencia frecuente ni de sus instrucciones y afectuosas palabras. Y, sin embargo, mi amor por ella era tan tierno, inocente, filial y dulce como nunca.

 

Entonces me vino esta respuesta interior:

 

«Cuando la amorosa Madre estaba constantemente cerca de ti y te guiaba en el camino de sus virtudes, era a fin de prepararte al matrimonio espiritual con su queridísimo Hijo. Ahora que este matrimonio está realizado, ella se mantiene apartada y deja al Esposo conversar solo con la Esposa, como conviene».

 

A decir verdad, desde que esta unión fue verosímilmente realizada, mi alma está habitualmente sola con su Bien-Amado. La amorosa Madre y los Ángeles parecen quedar fuera.

 


 

61. Saborea de manera intensa el Ser sin imagen de Dios. La posesión de Dios la ocupa
en la parte superior del alma. Está completamente abstraída en esta simple
visión de Dios, más pasiva que activa. El tierno afecto
por la amorosa Madre se suspende aquí

[IV, c. 136, p.168-169]

 

La manera de vivir en Dios en que, por su gracia, Dios me ha establecido desde hace algún tiempo, es un íntimo goce del Ser divino sin imagen, en una supereminencia de luz y de tranquilidad.

 

Esta manera de gozar y de saborear las cosas divinas no parece poder compararse a ninguna de las maneras precedentes. Dios se revela en ella con un más supremo resplandor. Concede al alma comprender y experimentar en Él cosas maravillosas, de las que es imposible acordarse después y que no sabría traducir en palabras. Por el contrario, mientras dura esta fruición, hablaría de ella abundantemente con aquellos que fuesen capaces de comprenderla; ella revelarla qué abismo de cosas maravillosas e inefables es Dios.

 

Durante todo este tiempo el alma se siente prodigiosamente saturada de Dios, poseída por Él. La invade de manera tan repentina y se la somete tan totalmente, que ella no siente ni percibe otra cosa en sí misma que Dios sólo y lo que le place a Dios mostrarle. ¡Cuán grandes y maravillosas son aquí la unión y la unificación con Dios!

 

Todo esto se opera en la parte superior del alma y no tiene nada de común con las potencias inferiores. Las mismas operaciones de la inteligencia parecen suspendidas en gran parte. No la queda más que una simple mirada que le sirve para contemplar a Dios con gran tranquilidad.

 

Eso pasa de una manera mucho más pasiva que activa. La parte principal está dada aquí por la potencia amorosa y cambiante, porque ésta es más apta y más capaz de saborear a Dios y de poseerle.

 

No creo haber experimentado o paladeado una manera de saborear a Dios en lo más secreto del alma de forma tan apacible, simple y profunda, ni tan libre y desligada de las operaciones comunes de las otras potencias. Me siento de tal modo ajena y separada de ellas que me parece percibir en mí dos personas distintas. El espíritu, que se siente tan apartado y liberado de las potencias inferiores, no quiere tener relación con ellas hasta tanto que a Dios le plazca indicarle otra manera de vida divina con la intervención de estas potencias.

 

Durante todo este tiempo de fruición silenciosa del Ser divino sin imagen, también son suspendidos el afecto filial e inocente, la amorosa propensión, la devoción sensible y la ternura hacia la amorosa Madre, así como todas las demás operaciones activas del espíritu y las del amor, cualesquiera que sea el objeto.

 

Pero todos estos ejercicios activos y operaciones del amor permanecen de alguna manera escondidos en el fondo. Están establecidos allí realmente; pero durante todo este tiempo no se manifiestan, porque estas manifestaciones serían entonces inútiles. No sirven y no son agradables a Dios durante todo el tiempo que duran las fiestas nupciales en que Dios se da como único alimento al alma. Es por ello por lo que todo lo que es inferior a Dios debe desaparecer en estos momentos.

 


 

62. Amore della Venerabile a Maria. Il suo senso materno è spesso asilo e luogo di riposo
[II, c. 264, pp. 399-400]

 

Spiritus amoris erga Matrem amabilem saepe agit et innocenter operatur in qualitate, animo et dispositione unius pueri duorum vel trium annorum. Erga dulcissimam hanc Matrem multipliciter et ultro fluit mea conversatio et spiritus acclinatio, tali modo, qualis describitur in quarto tractatu Introductionis. Maternus illius sinus frequenter est asylum et locus quietis meae et ibi invenio magnam satisfactionem, confortationem et reflectionem, id est refocilationem et restaurationem spiritus et naturae. Spiritus amoris agitur erga eam valde fluide, innocenter et confidenter, utpote ab ipsa ad hoc allectus et invitatus etiam ad sugenda materna eius ubera, instar parvuli et innocentis pueri; unde haereo ad illa cum tam tenero amore et suavi gustu, quasi sic actu fieret; verum non est cogitandum sic in veritate fieri. Spiritus amoris habet multiplices operationes et intentiones agendi.

 

Quidquid sit, a festo gloriosae eius Assumptionis continuatur in me iste spiritus teneri amoris erga Matrem amabilem, cuius sanctissimum nomen est saepe tam dulce in ore meo, ut bene lamberem labia prae dulcedine et quasi insatiabiliter repeterem Maria, Maria, Mater mea amabilis et gratiosa, etc. cum multiplici ebullitione amoris per totum diem. In eius sinu et ad eius ubera videor subinde dormire somnium amoris, etiam post toleratas aliquas afflictiones, poenalitates, tribulationes in corpore et spiritu. Servit mihi matemus ille sinus pro refrigerio, pro requie et sanatione omnium meorum internorum et externorum languorum, pressurarum, certaminum, etc, et ibi omnium istorum obliviscor et dimitto instar incurii pueri, qui nihil aliud cogitat nisi manere in fruitione huius superamabilis sinus et matemarum eius blanditiarum.

 

(Haec scripsit 9 Septembris 1677 duabus circiter mensibus ante mortem)

 

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[FINIS]


Esta página ha sido realizada con la colaboración del P. Pedro Bravo de Silva, O.Carm.

Para las sugerencias, correcciones y felicitaciones podéis contactar a la dirección pbdsilva@hotmail.com